SABER HABLAR

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SABER HABLAR

PRESENTACIÓN DEL CURSO

El presente curso está enfocado a todo tipo de público, esa heterogeneidad radica en que se trata de un curso para adquirir las destrezas y habilidades necesarias que te permitan un dominio lingüístico –pero también extralingüístico- alcanzando la idoneidad inherente a la competencia comunicativa.

Desde nuestro enfoque paradigmático, partimos de una visión funcional –o funcionalista– de la lengua, es decir, atendemos a los usos que los hablantes hacen de ese sistema que es la lengua, ese repertorio con un número finito de elementos (por ejemplo, en la variedad del español centronorteño peninsular, 24 fonemas, 19 consonánticos y 5 vocálicos) pero capaz de producir infinitos enunciados –he ahí la grandeza y la magia del sistema lingüístico-. Y es que nada hay más democrático que la lengua, sobre todo, hoy día, cuando incluso la norma, a diferencia de lo que acontecía en tiempos pretéritos, no depende de las plumas más reputadas, sino del uso mayoritario del nivel culto como siempre nos recuerda con acierto el eminente Leonardo Gómez Torrego. El propio maestro Alarcos ya nos advertía, en su excelsa Gramática del 94, de que “conviene que el normativismo se forre de escéptica cautela. En el orden jerárquico interno de la gramática, primero viene la descripción de los hechos; de su peso y medida se desprenderá la norma, siempre provisional y a merced del uso”. Es decir, lo que ayer era considerado incorrecto, si se extiende su uso entre los hablantes del nivel culto, puede acabar obteniendo carta de naturaleza y pasar a ser válido; y, a la inversa, un empleo que hoy admitimos como válido y correcto, si acaba circunscribiéndose a registros vulgares, puede acabar siendo censurado. Pero no es algo que decidan en conciliábulo longevos y maniáticos académicos deseosos de amargarnos la existencia, sino que emana de la voluntad de la comunidad de hablantes de una determinada lengua, ya que instituciones como la RAE únicamente se encargan de fijar la norma basándose en esos usos del nivel culto y actuando, por ende, como mero notario de la lengua.

La Lingüística, como disciplina científica, es una ciencia joven, que nace, sobre todo, a partir de las especulaciones teóricas del gran maestro ginebrino Ferdinand de Saussure, padre del estructuralismo (a principios del siglo XX). Así, como resaltaba el propio Alarcos en “La lingüística hoy”:

“La lengua como objeto autónomo de estudio no consiste en una trasposición de las categorías lógicas del pensamiento, ni en un mero reflejo de las actitudes psicológicas del usuario, ni en un código preceptivo a que debe obedecer el hablante, ni en el resultado imprevisible pero obligado de las modificaciones que impone el transcurso histórico. La lengua es una institución humana, como las leyes, las costumbres, etc., y, como tal, producto de un convenio de la sociedad que la utiliza. No es objeto natural, sino un objeto histórico y humano. En segundo lugar, es un instrumento de comunicación. Gracias a ella los humanos nos intercambiamos nuestras vivencias y experiencias, bien como pura exteriorización de lo que pensamos, sentimos, imaginamos u observamos, bien con la premeditada intención de actuar sobre nuestros semejantes. Tal instrumento, para que cumpla sus fines, debe estar constituido de manera que todos los usuarios conozcan cómo es y cómo funciona, de qué partes consta y para qué sirve cada una. Es, pues, la lengua un conjunto de elementos relacionados entre sí, lo que llamamos una “estructura”, un “sistema”. Este sistema organizado de elementos, conocido por todos los componentes de una comunidad humana, es como un fichero del que cada uno de los hablantes extrae las piezas necesarias para construir los decursos con que manifiesta sus mensajes a los interlocutores. He aquí lo que constituye el estricto objeto de la lingüística: el instrumento mediante el cual nos comunicamos. No es lingüístico lo que comunicamos· (todo ello sería objeto de muy variadas ciencias), sino el cómo y con qué lo comunicamos”.

A partir precisamente de esas infinitas manifestaciones de habla, estudiándolas y discerniendo sus elementos y sus usos podemos sacar conclusiones que nos permitan el dominio de ese instrumento trascendental en nuestras vidas, que es nuestro idioma, nuestro patrimonio común más consistente, en nuestro caso esa bella lengua romance que es el español, nacido precisamente en esa Vieja Castilla de la que también toma su otro nombre: lengua castellana.

Y es que, ¡no nos engañemos!, no da igual cómo nos expresemos. Podemos hacerlo como queramos, cierto; pero eso puede tener un coste. Igual que quien acude en chándal a una cena de etiqueta o boda de gente de alto copete o quien se presenta con esmoquin en un gimnasio. De ahí la importancia de la adecuación, de la que ya hablaremos. Cómo usamos la lengua, tanto oralmente como por escrito, es nuestra carta de presentación, nuestra segunda piel; dice mucho más de nosotros de lo que pensamos, igual que lo dice la forma o el aspecto con el que nos gusta ir, los tatuajes que llevamos, los complementos que gustamos de portar. Y otro tanto cabe decir de la Ortografía, en lo que se refiere a ese sistema secundario que es la escritura. Expresarse deficientemente, cometer muchos errores, no adecuar el decurso a la situación en que nos encontramos puede acarrear negativas consecuencias y generar desconfianza en nuestro interlocutor, la misma que puede despertar un señor totalmente calvo intentando vendernos un tratamiento contra la alopecia (¡vaya problema de márquetin!) o un orondo entrenador personal o monitor de gimnasio con sobrepeso y piel flácida que pretenda hacernos una rutinas para ganar músculo (acudiremos a otro más definido puesto que nos fiaremos más).

Pero no solo prestamos atención a lo estrictamente lingüístico, sino también a lo extralingüístico, al contexto, a la situación, de ahí la importancia de disciplinas como la Pragmática a la hora de estudiar los diferentes usos que hacemos de la lengua. Por ello creemos que la atención didáctica a las capacidades del uso de la lengua supone tomar como referencia principal el concepto de COMPETENCIA COMUNICATIVA (entendida esta como el conjunto de procesos y conocimientos de diverso tipo –lingüísticos, sociolingüísticos, estratégicos y discursivos– que el hablante/oyente –o escritor/lector- debe poner en juego a la hora de producir y comprender discursos adecuados a la situación y al contexto de comunicación y al grado de formalización requerido). Y es que la noción de competencia comunicativa –que tanto han defendido ilustres lingüistas funcionalistas como el gran sabio del idioma Salvador Gutiérrez Ordóñez– trasciende así la noción chomskiana de mera competencia lingüística con su formalismo matemático, tan alejada de los usos y empleo de la lengua y, por tanto, con las limitaciones a que siempre se ha visto abocado el generativismo. Enseñar desde el concepto de competencia comunicativa supone concebirla como parte de la competencia cultural, es decir, como el dominio y posesión de todos los procedimientos, normas y estrategias que hacen posible la emisión de enunciados adecuados a las intenciones y situaciones comunicativas que los interlocutores viven y protagonizan en contextos diversos.

  • Y para eso es este curso, para que puedas conseguir aprender todos esos procedimientos, normas y estrategias que te permitan comunicarte con eficacia en cualquier contexto o situación. 😉

Para este curso, además de las enseñanzas de maestros ya citados como Leonardo Gómez Torrego, Emilio Alarcos Llorach o Salvador Gutiérrez Ordóñez, también nos guiaremos por las aportaciones de Francisco Javier de Santiago-Guervós (y Julio Borrego Nieto), gran conocedor de la Lingüística de la Comunicación y especialista en los usos persuasivos del lenguaje (comunicación persuasiva), así como por obras de Antonio Briz, como la coordinada por él para el Instituto Cervantes y llamada precisamente SABER HABLAR.

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