
Este rincón de mi sitio web queda reservado como tributo en memoria de aquellas personas trascendentales que resultaron fundamentales en el devenir de mi trayecto vital. 🙂
Cada vez son más las bellísimas personas que nos faltan y cuya ausencia es dura y dolorosa, pero que siguen viviendo -y lo seguirán haciendo- dentro de nosotros por todo cuanto nos transmitieron, por todo lo que vivimos a su lado y porque siempre permanecerán en lo más hondo de nosotros merced al profundo sentimiento que albergamos en nuestro interior por nuestros seres más queridos, a los que echamos -y seguiremos echando- de menos cada día, pero cuya impronta en nuestras vidas aparece -y seguirá apareciendo- constantemente reflejada en nuestra memoria forjando nuestra idiosincrasia y formando parte de esa evocadora remembranza imperecedera que nos acompaña en todo momento. Por ello siempre están en el más sentido recuerdo y de forma constante en mi pensamiento.

En primer lugar, debo mencionar a mi madre, mi pilar fundamental, Ana I. del Corral Romero, esa valiente mujer coraje, esa fémina de infinita ternura y bondad ilimitada, con su perfil de sutil frescura y sensibilidad profunda hasta en la más recóndita nervadura, que fu
e eficientísima funcionaria de la diputación de Palencia, en la que recaló tras estudiar un año de Ciencias Biológicas en la Salamanca de fray Luis y del vasco Unamuno (yo que tanto navegué en mi infancia atormentado en la duda unamuniana) y que se manejó como nadie en los vericuetos del derecho administrativo y la administración pública que a mí, mucho más versado en cuestiones gramaticales, filológicas y humanísticas, me parecían de una complejidad superlativa.
Mi madre mostró su solvencia con un claro carácter polivalente como demuestra el hecho de que estuviera en muy diferentes áreas de la institución provincial palentina, desde Presidencia –donde comenzó en la época presidencial del médico villadino y cultísimo académico Ángel Casas Carnicero– hasta la entonces recién creada –en tiempos de Emilio Polo Calderón (UCD)- Asesoría Jurídica donde tuvo como jefe al letrado y tutor de la UNED de Derecho Paco García Amor pasando, ya tras su reingreso después de la excedencia – o sea, a partir del año 1999-, por departamentos muy bonitos como Cultura y Turismo -donde trabajaría con Rafa Martínez (ex delegado territorial de la Junta de Castilla y León en Palencia), Faustino Narganes Quijano (especialista en heráldica palentina), Elena Gutiérrez Ruiz, Javier Campos Fernández, Rosa Esther de Prado Rodríguez, Sole Carabaza Marín (madre de alumnos míos, casada con el culto profesor y filólogo inglés Ricardo Román Martín, Ricky), Mónica Delgado Villalba, Carmen Merino Vaquero, Alfonso Santamaría Díez, Mariano Valdajos, etc.- y, finalmente, el área de Intervención -con Inmaculada Grajal Caballero como jefa e interventora- adonde fue llevada por el diputado provincial, gran gestor y buen amigo Isidoro Fernández Navas y donde coincidió con Nati de las Heras, Pili Cantero, Pili González Nieto, Miguel Ángel Gutiérrez Astudillo, etc. También debo citar a Carmen Clara Fernández Penagos, del departamento de Personal y amiga de juventud de mi madre, llamada Carmina por casi todos aunque para mi madre y para mí siempre fue Clara, quien jamás se ha olvidado de mi difunta madre y siempre he recibido cumplidamente cada año mensajes en fechas señaladas como su cumpleaños. Asimismo mantuvo estrecha relación con quien fuera secretario general de la institución provincial, José Luis Abia Abia. Y con gente de otros departamentos como los integrantes de la Fundación de Deportes: Carmen Ruth Abia García, Moisés Burgos Martín, Jesús Tapia Cea (alcalde de Grijota y diputado provincial) o de Agropecuarios, como nuestro vecino de casa Jesús Ángel Miguel Rodríguez y su esposa Charo Hontiyuelo (que trabajaba en Recaudación), de Depositaría/Caja como Marisa o de la Biblioteca Provincial como Pili Rodríguez… Otra de las compañeras de diputación fue Encar Lafuente Zorrilla, hermana del conocido periodista Isaías Lafuente Zorrilla o del reputado experto y formador en oratoria Ángel Lafuente Zorrilla, y madre del prestigioso arquitecto Óliver Sancho Lafuente. Asimismo la gran amiga de juventud de mi madre fue Blanca Arangüena Fanego, hermana del conocido periodista Ramón Arangüena, cuyo padre era farmacéutico y tuvo una conocida farmacia en la capital palentina. También tuvo estrecha amistad con Chuchi Vita Aguado; de hecho, aún conservo apuntes de COU suyos que le dejó en su momento a mi madre; Jesús Vita tuvo la conocida Joyería Vita en la calle Don Sancho de Palencia hasta su jubilación.
Como curiosidad diré que el padrino de confirmación de mi madre fue el amigo de la familia, periodista, poeta y escritor Antonio Álamo Salazar, que fue director de Diario Palentino de 1977 a 1981, fallecido trágicamente en accidente de tráfico en 1981, y que hoy da nombre a una calle de la ciudad de Palencia. También cuenta con calles a su nombre en las localidades de Alba de Tormes (Salamanca) y Laguna de Duero (Valladolid). Fue corresponsal en ABC, en la Agencia Europa Press y en Radio Nacional de España. Su hijo mayor, Antonio Álamo González, también periodista, obtuvo el Premio «Miguel Delibes» de Periodismo. Menciono esto ya que, de pequeño, junto a la docencia, yo también mostré mis inquietudes periodísticas, para las que mi abuelo materno me veía grandes aptitudes, aunque no cabe duda de que acabó pesando más mi vocación docente como profesor de Lengua castellana.
Como a veces la historia se repite aunque los protagonistas varíen; al igual que mi abuelo materno tuvo estrecha amistad con Antonio Álamo Salazar, director de Diario Palentino entre 1977 y 1981, yo hoy también cuento con la estima de quien es el actual director de Diario Palentino desde el año 2023, Jorge Cancho, cuyo hijo Hugo Cancho Arnuncio es también un extraordinario periodista.
Mi madre, hija del apuesto profesor mercantil que fue mi abuelo materno y de la voraz lectora y escritora aficionada que fue mi abuela materna; mi madre, nieta
del brillante matemático José del Corral y Herrero, mi bisabuelo Pepe, el amigo de Rey Pastor (a su vez amigo de Cajal), en fin, mi madre, nobleza personificada y magnánimo ser de colosal calidad humana, quien, a pesar de su elevado nivel cultural, tuvo la enorme desgracia de enamorarse del ser más abyecto, vil y despreciable que quepa imaginarse, mi infausto progenitor, así que desde bien pronto hubimos de protegernos mutuamente generándose una complicidad única e indescriptible ya que siendo un tierno infante perdí esa inocencia que desaparece ante el descubrimiento de la crudelísima maldad en ciertas personas, más aún ante el despiadado salvajismo de los malos tratos. Pocos días felices y muchos de gritos, golpes e insultos tras fingidas disculpas de un ser camaleónico que podía pasar por buen tipo siendo el mismísimo demonio… Todo tuvo su factura, como la muerte de mis hermanos Joaquín José (1986) y David (1990) al poco de nacer, y la hemiplejía y parálisis cerebral de mi hermano Alberto (1992-2010). Pero mi madre y yo hicimos frente a todo. Y superamos cada obstáculo con la actitud firme y enteriza de las buenas personas.
Como curiosidad contaré que yo nací en La Coruña en el conocido Sanatorio de Maternidad Belén, fundado por el ginecólogo Ángel Ron Fraga y donde acabó siendo director su hijo, Ángel Ron Corzo, también ginecólogo, una auténtica eminencia y hombre al que mi madre siempre conservó gran cariño por la exquisita atención recibida y que siempre hizo todo lo que pudo por ayudarnos, pues las muertes a los pocos días de nacer por infarto de mis hermanos Joaquín José y David -así como el nacimiento prematuro con seis meses de embarazo en Vigo con hemiplejía y parálisis cerebral de mi último hermano Alberto– fueron, sin duda, fruto de la brutalidad de los malos tratos propinados por mi infame progenitor que ni siquiera cesó en sus bestiales palizas durante los embarazos de mi madre. Debo decir que me enteré años después de la repentina muerte de Ángel Ron Corzo a tempranísima edad, con solo 45 años, de un infarto masivo mientras hacía deporte, algo que me conmocionó en cierta medida pues, aun cuando yo no lo recordara, fue él el médico que me trajo al mundo y de quien siempre me habló muy bien mi querida madre. Asimismo guardamos siempre grato recuerdo de quien fuera mi pediatra en Toledo (1993-1998), en el centro de salud del polígono, la doctora oscense María José Coarasa, un encanto de persona y una profesional de gran humanidad y sensibilidad que, de hecho, sería reconocida años después con diversas distinciones llegando incluso a ser nombrada Hija Adoptiva de dicho municipio.
En La Coruña vivimos en la avenida Fernández Latorre (hasta mis dos años) y en la avenida Vicente Aleixandre -cerca de la plaza Cuatro Caminos y de El Corte Inglés– (hasta mis cuatro años) donde me acuerdo de Rodri y José, atentos chicos que llevaban el bar Royse. En Toledo vivimos escaso tiempo en la calle Gante (cuando yo tenía cinco años) hasta que tuvimos que salir huyendo por los malos tratos la primera vez -abriendo yo la puerta a la policía y a mi madre, que logró zafarse del tambaleantemente ebrio malnacido de mi progenitor, quien había estado insultándola, lanzándole improperios, vejándola y pegándole con un zapato y posteriormente intentando estrangularla, pero yo me armé de valor para, con cinco años, recorrer el pasillo de mi habitación (pasando por delante de la habitación donde permanecía acostado mi progenitor) y abrir la puerta de casa a mi madre y a los cuerpos y fuerzas de seguridad-, y luego viviríamos -tras volver ingenuamente mi madre con el criminal de mi progenitor tras unas crisis epilépticas de mi hermano Alberto que le hicieron estar ingresado en el Hospital 12 de Octubre donde apareció mi «padre» fingiendo ser un hombre nuevo y distinto– en dos urbanizaciones con piscina de la avenida Guadarrama (números 12 y 36) del polígono Santa María de Benquerencia de Toledo (yendo yo por entonces al CP Gómez Manrique de la calle Río Miño), hasta mis diez años, cuando nos fuimos definitivamente -de nuevo huyendo del salvajismo de los malos tratos de mi progenitor- a Palencia, viviendo primeramente en casa de mis abuelos maternos (avenida Modesto Lafuente, 33), luego unos meses en la calle Casañé n.º 6, y después, desde mis once hasta mis dieciséis años, ese lustro en la calle Héroes del Alcázar que luego fue denominada Blas de Otero 21 -su denominación actual- (años en los que estudié en el CP Ramón Carande y Thovar de la avenida San Telmo e IES Trinidad Arroyo de la calle Filipinos -frente a la calle El Cid-) para volver, a la muerte de mis abuelos maternos, a su casa, en la avenida Modesto Lafuente, 33, último domicilio de mi madre hasta su muerte el 25 de abril de 2013 aunque su defunción se produjo en el área de Cuidados Paliativos del hospital San Telmo donde mi madre expiró agarrando mi mano tras meses de estoica lucha contra un cáncer terminal, de rápido crecimiento y enorme agresividad.
Mi Primera Comunión la realicé un primer domingo de mayo en la parroquia de San José Obrero de Toledo con un joven y carismático sacerdote llamado Carlos, que acabaría yéndose a Roma (había otro mayor y chapado a la antigua llamado don Román). Mi progenitor, al no ir nadie de su familia, prohibió a mis abuelos maternos (padres de mi madre) acudir bajo la amenaza de que si ponían un pie en Toledo mataba a su hija (o sea, a mi madre). Aún recuerdo aquella llamada furtiva de mis abuelos maternos a mi madre en la que, lejos de reprocharle nada a mi madre, mi abuelo le dijo que tenía que sonreír pues no había mejor ni mayor regalo del día de la madre (fue un primer domingo de mayo) que el hecho de que yo celebrara mi primera comunión. Las lágrimas que recorrieron las mejillas de mi madre en aquel momento aún las tengo clavadas como duras y dolorosas espinas que jamás podré olvidar y, en consecuencia, por siempre maldeciré la putrefacta estampa de mi desalmado progenitor.
Mi madre, Ana I. del Corral Romero, mi pilar fundamental, fallecida el 25 de abril de 2013
El diabólico y atroz, abominable y nefando maltratador no fue otro que el terrorista doméstico de mi progenitor, un monstruoso criminal llamado Miguel Ángel Domínguez Abad (contable en la gestoría Contabem de La Coruña y en la ONCE donde alcanzó cierta notoriedad en tiempos del inefable Miguel Durán como director de la entidad cuando acudía, en ocasiones, a entrevistas que le realizaban en Onda Cero, años noventa y finales del felipismo socialista -de esta época recuerdo a Luis Crespo Asenjo [con su inseparable perro guía Ger], quien siempre nos trató muy bien a mi madre y a mí y que debía de intuir los malos tratos que padecíamos; tiempo después Luis Crespo llegaría a ocupar puestos relevantes en la Fundación ONCE-). En fin, mi repugnante progenitor, aquel abyecto malnacido, era el menor de ocho hermanos, a cada cual más repulsivo y malvado en aquella atrabiliaria y dantesca familia paterna de nauseabundo e infausto recuerdo. Era hijo, por tanto, de José Domínguez Villaverde, profesor de los Hermanos Maristas y del Colegio del Ángel de La Coruña –entre cuyos alumnos estuvieron Paco Vázquez (exalcalde de La Coruña y exembajador en el Vaticano), Augusto César Lendoiro (expresidente del Deportivo de La Coruña) o el deportista Fernandito Romay– y de la ludópata, cleptómana, hipocondríaca y desequilibrada señora –si podía considerársela tal- Elena Abad Fraguela.
Para seguir con la parte bonita de mi familia, mi única familia -que es la materna- (del Corral Romero), se puede seguir leyendo esta entrada. 😉
Pero si alguien desea conocer más profundamente la malvada perversidad de la abominable familia paterna Domínguez-Abad puede pinchar en el enlace.
Huelga decir que yo, en cuanto pude –al cumplir la mayoría de edad-, lo primero que hice –y que llevaba tiempo queriendo hacer- fue invertirme el orden de los apellidos poniéndome el materno en primer lugar como gesto de cariño infinito e inmensa gratitud hacia mi familia materna y a la vez como gesto de total y absoluta repulsa hacia la infame familia paterna que, para mí, jamás fue familia en modo alguno.
Mi madre y yo (con mi hermano Alberto) veraneamos bastantes años en la localidad cántabra de Suances disfrutando de sus playas (especialmente playa de La Concha y playa de Los Locos) y de todo el litoral de la comunidad autónoma de Cantabria y debo hacer mención expresa por su hospitalidad y afectuoso trato al matrimonio formado por Maximiliano Gutiérrez Cuevas (Maxi) y Carmina Cuevas Caso -ya fallecidos- en cuya casa nos quedábamos (en el Paseo de la Marina Española 1, entre el bar La Chalupa y el Botavara, que tenían bastante marcha y movida en las noches veraniegas de los miércoles y fines de semana) así como a su hija, Bea Gutiérrez Cuevas, con quien mi madre trabó entrañable amistad en la fantástica villa suancina. En alguna ocasión nos llevaron a visitar su preciosa casa de Panes (Asturias). Volviendo a la villa cántabra, también conservo grato recuerdo de Vicen y Mariló, dueños del Hotel Vivero I de Suances -sito en la calle Palencia 4, casi en primera línea de playa- y de la recepcionista Elena, así como de Eduard y Justa, del bar Eduard, establecimiento emblemático de Suances hoy ya con distinta regencia; también de Augusto con su tienda de ultramarinos y ricas quesadas así como de Dani, del restaurante El Álamo -degustando espectaculares chorizos criollos y otras suculentas viandas de su barbacoa- o las deliciosas sartenes revueltas de La Galerna y, por supuesto, no puedo olvidarme de las heladerías Covadonga junto con las Regma, estas últimas ya de Santander. ¡Y buenas cenas nos pegamos también en el restaurante La Torre de Ubiarco por recomendación de Maxi!
He aquí dos preciosas fotografías, una en la que sale solo mi madre, Ana Isabel del Corral Romero, y otra en la que, además de ella, aparece también su padre, mi abuelo materno: Agustín del Corral Llamas.
Y es que, asimismo, tengo que mencionar a mis abuelos maternos (los yayos), Agustín del Corral Llamas y Marina Romero García.


Huelga decir también que, para mí, mi abuelo materno, el yayo, fue mi padre (moralmente hablando): Agustín del Corral Llamas

He aquí (imagen de la izquierda) una de las aulas de la Academia San Luis de Palencia, una de las academias que fundó y dirigió mi abuelo materno en los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado (y que se situaba en la calle Don Sancho, muy cerca de Los cuatro cantones). Otra de sus academias fue la Hispano. Posteriormente daría clases y sería jefe de estudios en el Centro Sindical de FP Virgen de la Calle antes de acabar como Jefe de Contabilidad del Ayuntamiento de Palencia.

Mi abuelo materno Agustín del Corral Llamas fue, junto a un jesuita salmantino, el Rvdmo. P. Álvarez, uno de los fundadores, a principios de los años cincuenta, de la Cofradía Penitencial Nuestro Padre Jesús Crucificado y Nuestra Madre Dolorosa, en Palencia.
Las imágenes siguientes son caricaturas de un alumno de la extinta academia palentina San Luis (otrora sita en la calle Don Sancho) mencionada, que, como ha quedado dicho, dirigió y donde dio clases mi abuelo materno, Agustín del Corral Llamas, a mediados del siglo pasado. En una de las fotografías aparece caricaturizado el cuadro de dirección de aquella célebre academia de los años cincuenta (mi abuelo junto al Rvdmo. Padre Álvarez, Isidoro García y el conocido Patricio Izquierdo Sarró, este último acabaría de director de la Fábrica de Armas palentina y llegaría a ser candidato al Senado por Alianza Popular en 1977 sin éxito, padre de once hijos entre los cuales se hallaría el historiador y político Pablo Marcial Izquierdo Juárez), y la otra es la caricatura donde aparece solo mi abuelo y que él decidió enmarcar y colgar en el despacho de casa -hoy el mío- donde ahí continúa (como no podía ser de otro modo). Pues bien, esa caricatura se la hizo en testimonio de su afecto y gratitud un alumno suyo llamado José Ramón.
Gracias a Julián García Torrellas (Gabinete de Prensa del Ayuntamiento de Palencia) -y atando cabos- pude saber que ese alumno no era otro que el posteriormente conocido dibujante e ilustrador José Ramón Sánchez, que apareció en programas televisivos de los años ochenta, que realizó famosos carteles electorales allá por los años setenta, en los primeros comicios democráticos, y cuyo hijo no es otro que el celebérrimo director de cine -ganador del Goya al mejor director novel-, guionista y novelista Daniel Sánchez Arévalo. Los dos, padre e hijo, aparecieron en el programa Ochéntame (tras un capítulo de la serie Cuéntame cómo pasó). Sin duda, simpáticas anécdotas histórico-familiares. 😉
Ochéntame con José Ramón Sánchez y Daniel Sánchez Arévalo
Entre los alumnos de mi abuelo cabe citar a Francisco Aguado, profesor mercantil y director de la Subagencia urbana número 12 del Banco Santander en Madrid; a José María Tejero, jefe de Administración de la Metro-Goldwyn-Mayer en Bogotá (Colombia), o a Urbano Vaz, perito mercantil y jefe de Administración de Electrólisis del Cobre S. A. También dio clases mi abuelo a algunos palentinos que llegarían a ostentar cargos públicos como el que fuera presidente de la Diputación de Palencia entre 1983 y 1999, Jesús Mañueco Alonso (AP/PP), o el concejal socialista y empleado de banca Miguel Valcuende, con quien mi abuelo mantendría muy buena relación y con el que coincidiría luego en el consistorio capitalino.
Mi abuelo materno, como he citado ya antes, tras dar clases durante dieciocho años (Academia San Luis, Academia Hispano, Centro Sindical de FP «Virgen de la Calle» donde fue Jefe de Estudios) acabó de Jefe de Contabilidad del Ayuntamiento de Palencia, así que, tras las imágenes precedentes -más arriba- en primer plano, sobre todo en la que aparece de joven, tan icónica, véase otra, ya de mayor, en sus tiempos de funcionario del consistorio palentino junto al entonces alcalde de la ciudad de Palencia Francisco Jambrina Sastre (UCD/AP/PP) en un acto en el Refugio del monte. Bien sabido es, al menos por cuantos lo conocieron, que mi abuelo materno, aun siendo hombre intelectual de aula y oficina, era un amante de la naturaleza en general y del Monte el Viejo en particular.

Debo señalar que tanto mi abuelo materno Agustín, que fue funcionario del Ayuntamiento de Palencia, como mi madre, que fue funcionaria de la Diputación de Palencia, fueron empleados públicos al servicio de las Entidades Locales y, curiosamente, un primo carnal de mi abuelo -que da nombre a una calle de su Sahagún natal-, José María del Corral Nogales (muy próximo en su momento a Manuel Fraga Iribarne), fue director del Instituto de Estudios de la Administración Local (IEAL) -donde mi abuelo hizo cursos-, así que puede hablarse de una familia con una clara vocación «municipalista». 😉
Mi abuelo materno entró en el consistorio palentino en 1966 tras casi 20 años dando clases y, por tanto, llegó en la última etapa de alcalde de Juan Mena de la Cruz, capitán del Ejército español y, por tanto, militar de alto rango que fue nombrado alcalde de Palencia en 1959 y donde se mantuvo hasta 1968 en que se le designó gobernador civil de Almería, así que mi abuelo coincidió con él en sus dos últimos años al frente de la alcaldía. El trato con alcaldes militares del período franquista solía ser mucho más distante que con los civiles del período democrático, pero también había menos presiones, menos triquiñuelas y, en definitiva, por decirlo de forma castizamente coloquial: menos mamoneo.
Mi abuelo materno se prejubiló como Jefe de Contabilidad del Ayuntamiento de Palencia en marzo de 1986, cansado de tener que cuadrar cuentas que los políticos de turno descuadraban por irracionales caprichos, harto de la sinvergonzonería y las malas prácticas que empezaron a contaminar la política municipal tras la etapa de la Transición, asqueado de las presiones y de la falta de altura moral y de la total ausencia del sentido de la ética de ciertos personajillos de aquel momento que empezaron a ver la política como un modus vivendi. Conviene recordar que en Palencia fue aquella una época convulsa donde se llegó a secuestrar a un concejal como Rafael Becerril Lerones y a quemar su farmacia, sencillo ejemplo que ilustra muy bien la tensión de aquellos tiempos tan democráticos, así que uno puede imaginarse o hacerse una idea de todo lo que ha quedado oculto en esa intrahistoria donde se ha ido difuminando mucho de lo que se urdía y pergeñaba en aquellos despachos por aquellos años ochenta de hombreras y pelos cardados.
He de decir que, aunque en su período docente mi abuelo tuvo que trabajar largas jornadas maratonianas echando muchísimas horas, él siempre me reconoció que disfrutó mucho más en su etapa de profesor. Bien es cierto que el puesto de funcionario en el Ayuntamiento ofrecía una mayor seguridad laboral con sueldo garantizado y menos horas. Y eso a pesar de que él siempre hizo muchas más de las establecidas por culpa de algún alcalde que pretendía que en Intervención hicieran magia con los números y se sacara presupuesto de donde no había para poder satisfacer tantas promesas electorales como gustaba de hacer aquel primer edil y, claro, no solo eso, sino también tenerlo todo a tiempo para los plenos o para cuando la ocasión lo requiriera. Aun así, mi abuelo siempre supo estar a la altura de las circunstancias obrando honradamente en todo momento e intentando dar satisfacción a todo cuanto pudo dentro de la legalidad… Y el mejor ejemplo de ello quizá sea el voto de reconocimiento a su labor que hizo en varias ocasiones el pleno ¡y por unanimidad! Es decir, con el voto afirmativo de todos los miembros de las distintas fuerzas políticas con representación en el ayuntamiento palentino en aquel momento. Motivo más que suficiente -creo yo- para estar inmensamente orgulloso y no solo merced al afecto que pueda moverme a mí en calidad de nieto suyo. 😉
Prueba de la mala situación a la que se encaminaba el consistorio es que un alcalde posterior, Gerardo Cisneros (independiente de AP), acabaría dimitiendo al mes de ser elegido alcalde y fue sustituido por un buen hombre, Antonio Encina Losada (AP y APP), amigo de mi abuelo que llegó a ser traumatólogo mío en mi infancia (tras la muerte de mi anterior traumatólogo Bonifacio Aguayo Llorent, expresidente del CF Palencia). El doctor Antonio Encina era una persona de entrañable sentido del humor, vastísima cultura, políglota y humanista de formación médica que, como digo, era amigo desde joven de mi abuelo materno Agustín y de su hermano pequeño, es decir, del tío-abuelo José Antonio del Corral Llamas, afincado en Reinosa hasta su muerte en 1991.
Al igual que mi abuelo tuvo ocasión de asistir a ese espectáculo vergonzoso por parte de algunos personajes del ámbito político, yo también tendría oportunidad de comprobar la desfachatez de especímenes análogos dentro de ese circo político donde, incluso una vez muerta mi madre, llegaban a pedirme favores aprovechándose de mi capacidad intelectual y de mis aptitudes a la hora de escribir y redactar encargándome trabajos pero sin remuneración alguna e incluso llegándolos a presentar como una forma de adquirir experiencia que debería agradecerles cuando entonces yo bastante preocupado estaba por subsistir, aunque, afortunadamente, gracias a las clases particulares de Lengua y a la confianza depositada por muchos alumnos y padres de alumnos pude salir adelante. Llegado el caso, si es necesario, ya pondré nombres y apellidos a esta caterva de personajillos, alguno de los cuales incluso llegaba a frivolizar con la vida humana en la sede de determinado partido político. Otros simplemente ni siquiera contestaban cuando te dirigías a ellos en una muestra más de mala educación que dice mucho más de quien hace gala de tan deplorable actitud que de los demás. En su momento quizá sea más explícito y cuente todo -pues hay unos cuantos que tienen mucho que callar-. Aun cuando esto ensombrezca a bastantes de nuestros representantes públicos, quiero dejar constancia de que también existen honrosas excepciones, especialmente meritorias, más aún si cabe por escasas, como puede ser el caso de antiguos concejales como Isidoro Fernández Navas (CDS/PP), Toño García González (PP) o Carolina Gómez (Ciudadanos) o del exsenador palentino, periodista y prestigioso abogado Rodrigo Mediavilla Pérez (PP), bellísimas personas que siempre han tenido un comportamiento exquisito para conmigo y para los que solo tengo buenas palabras; a diferencia de lo que ocurre con muchos otros cuya bajeza moral es sencillamente infame.
Dicho esto, además de sus compañeros del Ayuntamiento de Palencia, mi abuelo también contó con la estrecha amistad de quien fue secretario general de la Diputación de Palencia, Gonzalo Estébanez Fontaneda. Y prueba de ello es que mis abuelos maternos hicieron entrañables excursiones con Gonzalo y con su esposa Noema Villar (por ejemplo, entre otros sitios, a Canarias, donde montaron en camello, actividad de la que yo conservo simpáticas estampas y fotografías en las que aparecen los dos felices matrimonios cabalgando a lomos de sus dos respectivos camélidos por las llamadas islas afortunadas).
Asimismo uno de sus subordinados en el área de Intervención del ayuntamiento palentino fue el polifacético artista -periodista, escritor, cantautor, músico, compositor, locutor, actor, productor y director- Alberto Arija, quien siempre ha recordado con muchísimo cariño a quien fuera su primer jefe, o sea, a mi abuelo materno Agustín del Corral Llamas, algo que le agradezco de corazón como él mismo sabe por los mensajes que hemos tenido oportunidad de intercambiar en algunas ocasiones.
Del mismo modo que mi abuelo recibió muchas placas conmemorativas por parte de multitud de alumnos que quisieron testimoniarle su afecto y gratitud por su entregada labor docente -incluso hasta padres y madres de alumnos llegaban a ofrecerle a mi abuelo lo que diese su huerto cuando mi abuelo corría con los gastos de matrícula de esos alumnos si la familia no tenía recursos suficientes para afrontar el pago con objeto de que los chavales no se quedasen sin estudios-, también sus compañeros del departamento de Intervención del Ayuntamiento de Palencia quisieron rendirle un merecido homenaje y, además de la pertinente comida y de las simpáticas tarjetas de despedida con entrañables mensajes firmados por cada uno de sus colegas del área de Contabilidad, hubo otro precioso detalle como fue la composición de un poema enmarcado que mi abuelo colgó en su despacho -hoy mío- donde ahí continúa y que reza así:

No nos duele(n), Agustín, al jubilarte
los libros que se quedan contraídos,
ni nos duele ese IVA tan temido
para dejar por eso de olvidarte.
Nos duele tú, cuando al marcharte,
nos dejas tan solos y dolidos,
con el Banco Local desguarnecido
y tantas obras nuevas que cargarte.
Nos dueles tú de tal manera,
que aunque no hubiere cargo se añorara
en Intervención tu presencia tan señera,
y si de todos nosotros dependiera,
¡vive Dios! que en modo alguno,
Agustín del Corral de aquí se fuera.
Palencia, 31 de marzo de 1986
Tengo que aludir también a mis bisabuelos Pepe y Candelas, padres de mi abuelo Agustín y abuelos de mi madre, con los que ella convivió mucho, gracias a lo cual yo -pese a no conocerlos- los sentí siempre cercanos. José del Corral y Herrero y Candelas Llamas Torbado.
Además mi bisabuelo Pepe, José del Corral y Herrero, fue un brillante matemático y reputado profesor, amigo de Julio Rey Pastor (el amigo de Cajal).
Véase el artículo que escribió sobre él uno de sus alumnos, el prestigioso arquitecto y escritor Jesús Mateo Pinilla:

Por si alguien no consigue ampliar la foto y le cuesta leer el texto, lo transcribo en las líneas siguientes. Aquel precioso artículo sobre mi bisabuelo dice así:
Mi última lección de matemáticas
Poner de manifiesto el relieve, la importancia de los palentinos, mostrar lo que a veces la intrahistoria de Unamuno oculta me parece un deber.
Muchos de los grandes personajes de la historia son hoy conocidos porque una prensa dirigida los ha colocado en un buen puesto, a costa de dejar a otros en un plano velado para que los insignes puedan potenciarse. La vida es así, y hoy por eso, por esa ocultación deseo que las cosas queden en su sitio.
Uno de los palentinos a los que no se ha reconocido su valía fue un profesor mío, querido como pocos y a quien hoy trato de valorar con justicia: don José Corral.
Cuando le conocí ya era don José un hombre anciano. Y como en casa me hablaron muy bien de él yo tenía curiosidad por saber quién iba a tratar de enseñarme y apoyarme en mis trabajos académicos. Él me veía acercarme cada día a su domicilio tras los cristales del edificio esquinero a las “Casas del Hogar” con la Avenida de Valladolid. Antes de llegar a la vieja Venta Eritaña y pasada la Sala del Gran Vía.
Yo notaba su presencia en el mirador y sabía quién iba a tener a mi lado pedagógico. Iba a reunirme con un hombre que me tenía que contar algo, no solo matemáticas, no únicamente los problemas de clase, simples integrales, sino partes de una vida de la que no sé por qué me quería hablar. Y así, poco a poco, un día decide dejar el texto oficial y enseñarme a “pensar matemáticas”, cómo el hombre se enfrenta al problema, qué métodos tiene para poder demostrar lo evidente y lo que desconoce.
Cigarro tras cigarro, encendidos unos con otros, aquel hombre de ojos vivos me entiende, me valora, no como alumno, sino como hombre y me cuenta su decisión vital más trascendente.
Tras un problema universitario su amigo Rey Pastor le dice que se vaya con él a Argentina, que él es un gran matemático y que en España no hay sitio para ellos. Con las maletas a punto rompe su vida, decide no abandonar el país, a los suyos y se queda aquí, en una Palencia que atrapa sus sueños de libertad.
Don José Corral estaba siendo empujado por Rey Pastor, el amigo de Cajal, el Nobel, el que estaba presente cuando viene Pavlov, el que descubre los reflejos condicionados, a Madrid y le escucha cómo no sabía pronunciar la “eñe” en castellano y buscaba a Ocana, Ocana, Ocana. Se trataba de Gómez Ocaña, el médico que introduce la Fisiología Experimental en España.
Un Rey Pastor que acude al congreso que convoca Cajal en Madrid en el año tres, para dar a conocer a Pavlov, a Golgi y a las más altas eminencias médicas sus estudios sobre la neurona, tres años antes de que le dieran el Nobel. Un Rey Pastor matemático a quien Cajal reconoce su valía hasta el punto de invitarle a un congreso de especialistas médicos.
Ambos, Cajal y Rey Pastor buscan una España que salga del hoyo en que se encontraba (un treinta por ciento de los españoles no sabía leer). Quieren que la Universidad española, esos estudiantes que Santiago Romero dibuja en un banco de la clase de disección en el Paraninfo, sean reconocidos y atendidos por un gobierno que desprecia la Universidad, la investigación. A pesar de que el pueblo llano la apoya, incluso llamando, como hace un confitero de Alcalá a sus confites: Anises de la marca Ramón y Cajal.
Un Cajal a quien unen relaciones fraternales con el Presidente del Gobierno, don Segismundo Moret, y quien no duda, conocedor de su inteligencia, en ofrecerle la Cartera del Ministerio de Instrucción Pública, la que Cajal fraternalmente en Logia acepta y en la calle rechaza porque no quiere entrar en el ruedo político.
Era una España que dolía, la que acababa de sufrir el Desastre, la destrucción de la escuadra del Almirante Cervera por los norteamericanos, en aguas de Santiago de Cuba. Una España que todos desean diferente y así lo manifiesta don Santiago en un brindis casi ritual:
“Levanto mi copa para proponer un brindis a la confraternidad de los hombres de ciencia…, entregados a una obra común que no puede afirmarse ni progresar sino con un espíritu colectivo de afección recíproca”
Esos eran los hombres que invitaban a don José a abandonar Palencia, mi profesor particular de matemáticas, los hombres que querían una España fraterna y con un proyecto común integrador.
Esa fue la última lección de matemáticas de un gran fumador de ojos vivos, mi querido don José, que hoy cuarenta años después he asimilado perfectamente. (Autor: Jesús Mateo Pinilla).
He aquí otro artículo donde Jesús Mateo menciona también a su querido profesor José del Corral, mi bisabuelo, y habla de su amistad con Julio Rey Pastor. Es especialmente reseñable esa valoración que hace de mi bisabuelo al calificarlo no como mero matemático, sino como filósofo del pensamiento a la hora de enfrentarse a la ciencia matemática y, por extensión, a toda ciencia.
También es interesante esa sintonía ideológica y personal que debió de haber entre mi bisabuelo Pepe (José del Corral Herrero) y Julio Rey Pastor pues parece bastante acreditado que el pensamiento de este último, con estilo científico basado en hacer “cada afirmación con su prueba”, estaba claramente influenciado por la filosofía orteguiana, especialmente en lo que respecta a la importancia de las élites intelectuales frente al indolente y abúlico hombre-masa. Conviene recordar que Ortega y Gasset fue diputado nacional por la provincia de León en 1931 y años antes fue diputado provincial en el mismo territorio (por el distrito de Sahagún-Valencia de don Juan) mi bisabuelo, de lo que cabe colegir también cierta proximidad entre mi antepasado matemático y el afamado filósofo raciovitalista, acorde además con la burguesía liberal de la que procedían los Corral y, en última instancia, con el regeneracionismo ilustrado de ciertas clases acomodadas de la época.
Asimismo, es bastante razonable considerar que el pensamiento de mi bisabuelo Pepe, José del Corral Herrero, fuera también cercano al del discípulo de José Ortega y Gasset, Julián Marías, por su cristianismo humanista (mi bisabuelo tuvo simpatía por figuras como Juan XXIII o Marcelino de Champagnat, fundador de los Maristas). Curiosamente, Julián Marías ocupó el sillón “S” de la Real Academia Española y, tras su muerte, en que quedó vacante, sería ocupado dicho sillón por mi admirado lingüista y máximo referente Salvador Gutiérrez Ordóñez, a quien yo ya seguía desde los años 2003/2004, antes de que el ilustre lingüista funcionalista formara parte de la Docta Casa, gracias a quien me lo descubrió por vez primera, mi profesor de Lengua castellana Miguel Ángel Calleja de la Puente, en el IES Trinidad Arroyo de la ciudad de Palencia.
No conviene olvidar que José Ortega y Gasset acudía habitualmente a una finca que tenían su hija y su yerno en Mayorga (provincia de Valladolid) pero cerca de Sahagún: Coto Castilleja. Y Ortega y Gasset, como he dicho antes, acabó siendo diputado nacional precisamente por la provincia de León en las Cortes Constituyentes de la II República del año 1931. Un año antes, en 1930 (al igual que en 1918, 1919 y 1920), mi bisabuelo Pepe (José del Corral y Herrero) fue también diputado, en su caso provincial, de la diputación de León por el distrito de Sahagún-Valencia de don Juan. Es más que probable que se conocieran personalmente (además del vínculo familiar de mi bisabuelo con la conocida saga krausista de los Azcárate). Y, de hecho, yo recuerdo haber escuchado al primo carnal de mi abuelo Agustín del Corral Llamas, es decir, a Fernando Sánchez de Corral hablar de las estancias del célebre filósofo madrileño por tierras de Sahagún -aunque Ortega visitara muchos sitios debido a su espíritu viajero que le servía para escrutar los paisajes, los territorios e incluso a sus gentes-. Igualmente que supe de las estancias del escritor Ramón Mª del Valle-Inclán a la villa facundina cuando este iba a visitar a su hermano Carlos del Valle-Inclán, notario de Sahagún ante el que precisamente hizo testamento mi tatarabuelo Lucinio del Corral Flórez.
Por otro lado, mi bisabuelo Pepe acabó licenciándose en Ciencias Exactas en 1914 en la Universidad Central de Madrid, y en octubre de 1910 –cuatro años antes, es decir, mientras mi bisabuelo estudiaba la carrera- fue cuando Ortega y Gasset había ganado por oposición la cátedra de metafísica de dicha universidad, vacante tras el fallecimiento de Nicolás Salmerón, y también cuando fundó la Escuela de Madrid, por lo que es muy posible que ya entonces mi bisabuelo José del Corral y Herrero, aunque se encontraran en facultades distintas, tuviera conocimiento –no sé si trato- de ese catedrático de Filosofía y gigante intelectual de gran erudición que fue su tocayo José Ortega y Gasset. Por ello quizá también Jesús Mateo Pinilla define con acierto a mi bisabuelo -su querido profesor- no solo como mero matemático, sino también como filósofo del pensamiento matemático.
Otra simpática curiosidad más es que cerca de esa finca del coto de Castilleja, adonde iba Ortega y Gasset, se encontraba otra finca muy famosa, en Calzada del Coto (Sahagún), la dehesa de Maudes, perteneciente a la familia Estévez-Echegaray, esto es, era una propiedad de la que acabó siendo esposa de Manuel Fraga Iribarne, razón por la que mi abuelo materno conoció de joven a Fraga. Tiempo después, además, el político gallego (conocido como el león de Villalba) tendría como estrecho colaborador a otro primo carnal de mi abuelo: José María del Corral Nogales (que tiene una calle a su nombre en la villa de Sahagún). En definitiva, Tierra de Campos es una comarca que esconde una intrahistoria absolutamente deliciosa.
En la foto de la derecha se puede ver a mi bisabuelo Pepe (José del Corral y Herrero) con sus
alumnos del colegio Marista Castilla (años 40-50 del siglo XX). Matemático nacido en Castromocho (Palencia) pero de ascendencia sahagunense (Sahagún, León) y de nobles antepasados (hijosdalgo de Liébana), fue profesor en Benavente, Jerez, Reinosa o Palencia. En Palencia dio clases en el instituto Jorge Manrique, en la academia de su hijo Agustín (mi abuelo) San Luis, en el centro de estudios San Isidoro (situado en la plaza de la catedral) y en el colegio Marista Castilla (pero no en el edificio actual de la plaza de España, sino en el anterior a 1968, proyectado por el célebre arquitecto Jerónimo Arroyo). Falleció en Palencia en enero de 1970 (y un mes después lo haría su esposa, mi bisabuela, Candelas Llamas Torbado).
Asimismo, mi bisabuelo Pepe, don José del Corral y Herrero, fue diputado
provincial de la Diputación de León y en la imagen adjunta podemos verle en el círculo 17 (señalado) con la corporación provincial de dicha institución en el año 1920 cuando mi bisabuelo tenía 30 años.
Por tanto, tampoco puedo olvidarme de su padre, mi tatarabuelo Lucinio del Corral y Flórez, quien, como curiosidad, diré que compró el castillo de Montealegre de Campos (provincia de Valladolid, comarca de Tierra de Campos) a la condesa de Añover de Tormes en 1908, aunque poco después se desprendería de él. A dicha fortaleza le dedicaría un poema Jorge Guillén, con ancestros en dicho municipio, y considerado el poeta más redondo del 27 por Emilio Alarcos Llorach. 😉
De ese poema destacan versos de indeleble huella como los siguientes:
El castillo divisa la llanura,
Tierra de Campos infinitamente.
Todo en su desnudez así perdura:
elemental planeta frente a frente.
Mi tatarabuelo Lucinio del Corral Flórez era hijo de José del Corral Pérez y Nicanora Flórez Herques, por consiguiente, era nieto del que fuera diputado a Cortes durante la regencia de María Cristina (1836-1837) y alcalde de Sahagún durante el bienio progresista (1854-1856), Juan Antonio del Corral y de Mier, descendiente de hijosdalgo de Liébana (Del Corral – Soberón).
He aquí, muy resumido y sin ramificaciones, mi árbol genealógico por la rama «Corral», o sea, a través de mi madre y mi abuelo materno siguiendo la línea ascendente.

Desgraciadamente, de mis hermanos Joaquín José (1986) y David (1990), al fallecer al poco de nacer, no hay testimonios gráficos, pero sí de mi hermano Alberto (1992-2010), hemipléjico y con parálisis cerebral, fallecido el 18 de marzo de 2010 a los 17 años. Cabe destacar el trabajo que realizaron con él los médicos del equipo de Neurocirugía infantil del hospital 12 de Octubre de Madrid: el doctor Esparza, el doctor Cordobés y la doctora Muñoz así como el neurólogo de Toledo, el doctor Verdú. En Valladolid le trataría el doctor Hinojosa. Como digo, mi hermano pequeño Alberto falleció en 2010, el 18 de marzo, un día después de mi cumpleaños.

Finalmente, no puedo olvidarme de un gran amigo, que estuvo a mi lado, en los buenos y en los malos momentos. Fue un apoyo importante en momentos difíciles o duros por circunstancias adversas de la vida. Me refiero a mi amigo Roberto Calzada Rojo, quien nos dejó repentinamente un 26 de julio de 2017 (día de santa Ana), con solo 34 años.
























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