Aquí voy a hablar de forma breve y sucinta de la repulsiva familia paterna que me tocó en desgracia y su grado de intensa e infecta putrefacción, es decir, la del monstruoso maltratador de mi progenitor Miguel Ángel Domínguez Abad (La Coruña, 20 de septiembre de 1956 – Vigo, 28 de enero de 2023) para que jamás se intente ocultar lo sucedido.
Por un lado, estaba su dantesca madre, Elena Abad Fraguela, esta oronda señora, ancha de caderas y con cuerpo de botijo, acomplejada y de lúgubre y deprimente rostro que jamás superó el haber sido sirvienta en casa de su hermana Nati (esta sí que era una auténtica dama, casada con un Ulloa, y entre cuyos hijos hubo extraordinarias personas como el reconocido médico José Carlos Ulloa Abad, más conocido como Catá) y a quien no le gustaba que se la llamara “abuela”. Se pasaba las horas en el bingo con su hijo Kuchos (José Manuel, el único hermano varón de mi progenitor, otro crápula sin escrúpulos) y comprando cupones además de practicar hurtos menores (rímel, pintalabios…) en comercios coruñeses para sonrojo de quienes la acompañaban. Ludópata y cleptómana, además de hipocondríaca. Un esperpento de personaje, siniestro y sombrío. En su vejez debió de desquitarse de su etapa juvenil de sirvienta en casa de su hermana de la peor de las maneras, que fue dispensando un trato displicente y hasta vejatorio a una asistenta que tenía en casa unas horas y a la que aún yo recuerdo fregando tirada por los suelos –obligada a fregar así- por el impactante y tiránico trato que recibía de mi “abuela paterna”; esta chacha -como así se la llamaba- era una pobre señora de la Galicia rural llamada Esperanza, una analfabeta de aldea y muy poco agraciada físicamente a la que la madre de mi progenitor obligaba a fregar de rodillas elevándole el tono de voz y abroncándola constantemente de muy malos modos para luego ir a la habitación de sus dos hijas solteronas -las víboras María Jesús y Maite, o sea, Bony y Chata– para que le hicieran la manicura después de la habitual reprimenda a su chacha. Al ser iletrada, Esperanza nunca iba a hacer la compra y para eso se utilizaba a Chata, que hacía de chica de los recados. Así se las gastaba la progresista señora Elena Abad Fraguela, un espécimen tan desagradable como repelente y que se condenó para toda la eternidad desde el mismo día en que trajo a este mundo al infame, depravado y violento agresor que fue el maltratador de su hijo Miguel Ángel Domínguez Abad (y, para mi desgracia, mi progenitor). Sabía lo que hacía su hijo y los malos tratos de que éramos objeto, pero ella, impertérrita, siempre miró para otro lado y jamás hizo nada ni nos brindó su ayuda. Muy al contrario, no escondía su debilidad por sus hijos varones a pesar de sus deleznables actuaciones. Incluso mi madre, en un alarde de atrevimiento, algunas de las muchas noches en que había paliza y mi progenitor llegaba bebido y empezaba a insultarla y maltratarla, llamaba por teléfono a Coruña, a casa de Elena Abad Fraguela y dejaba descolgado el teléfono de tal manera que pudiera oír todo lo que hacía su querido hijo Miguel, mi criminal progenitor. Mi abuela paterna Elena Abad Fraguela fue además una señora amargada que jamás jugó conmigo de pequeño, incapaz de dar cualquier mínimo gesto de afecto y con la que había de dormir tirado en el suelo las veces en que, por desgracia, tuve que quedarme en su casa, pero, en fin, ella misma reconocía haber quedado tocada desde los tiempos en que, de joven, hubo de servir en casa de su hermana y su cuñado.
Por su parte, el padre de mi progenitor, José Domínguez Villaverde, huérfano que, aunque en un principio fue depurado del magisterio español, luego acabó siendo profesor en los maristas (dio clases a Paco Vázquez y Augusto César Lendoiro) y en el Colegio del Ángel (donde impartió clases a Fernandito Romay), falleció en 1986 y no tuve oportunidad de conocerle. Se definía como demócrata-cristiano, algunos de sus alumnos comentan que, en su última etapa, no supo modernizarse para impartir la matemática moderna que debía enseñarse por aquel entonces (matemática de conjuntos, etc.). Su hija favorita fue María Jesús, Boni, pero su hijo José Manuel, Kuchos, no perdió nunca oportunidad de hablar en muy malos términos de él. La academia que montó mi abuelo paterno, el Colegio del Ángel, situado en la plaza de Lugo de la ciudad coruñesa, debió de quedar en manos de su hija Boni mientras que Kuchos, a pesar de dar clases allí, no sé siquiera si estaba dado de alta pues este siempre comentó las injusticias que supuestamente perpetró su padre contra él. Su esposa, Elena Abad Fraguela, a la que él llamaba Anduriña, sí que comentó en alguna ocasión cierta propensión al ordeno y mando por parte de su marido y que si a este le apetecía a las dos de la tarde que cumpliera con el débito conyugal, ella no tenía más remedio que someterse a dichas exigencias aunque aún no hubiera dado de comer a sus vástagos. Lo que haya de verdad o no en ello lo desconozco. Salvo que tuvieron ocho hijos bastante lamentables -siete ya que uno debió de fallecer al poco de nacer… Y mi progenitor fue el más pequeño de todos-. Las fotos que conservo de José Domínguez Villaverde son las de un señor de rostro triste y deprimente, con cara de amargado, que contrastan sobremanera frente a las caras risueñas y agradables de mis abuelos maternos, pero, quizá se deba a que son de sus últimos años de vida o por estar aquejado de enfermedad. No era la alegría de la huerta, desde luego. Mi progenitor relataba que su padre era de los que pegaban en clase, entre otras cosas, y su hermano Kuchos extendía esos comportamientos a otros ámbitos; aunque esos dos crápulas que eran mi progenitor y su hermano Kuchos tienen escasa fiabilidad como fuentes, lo que no quita para que pudiera haber algo de verdad en ello.
Mi abuelo paterno José Domínguez Villaverde, conocido como Pepote por su alumnado (Paco Vázquez, Augusto César Lendoiro o Fernandito Romay fueron alumnos suyos), aunque debió de quedar huérfano de niño, sé que era hijo de Constante Domínguez y Consuelo Villaverde. Por su parte, mi estrafalaria abuela paterna Elena Abad Fraguela fue hija de Francisco Abad y Araceli Fraguela. Un hermano de mi abuela paterna, Francisco Abad Fraguela, fue Subdirector General de Inspección de la Seguridad Social en la Dirección General de Inspección de Trabajo y Seguridad Social.
Como puede comprobarse en la sección IN MEMORIAM, la parte importante y bonita es la que se corresponde con mi madre, con mis abuelos maternos y con mis antepasados por vía materna, mi única familia de verdad, así que esta página o entrada, este apartado, quiero que sirva simplemente para dejar clara una cuestión capital respecto de la miserable, ruin e ignominiosa familia Domínguez Abad y es que, si mi padre fue un abyecto maltratador de la peor calaña, su familia, es decir, sus hermanos no solo fueron cómplices, sino legitimadores, justificadores y defensores del terrorista doméstico de mi progenitor. Y esto debe quedar muy claro. Porque eran perfectos conocedores de las barbaridades y salvajadas que cometía su hermano (mi padre, el individuo -como mi madre y yo le llamábamos despectivamente-) y, por ende, de los espeluznantes malos tratos que nos propinaba, encarnizadamente sádicos y casi letales sobre todo hacia mi madre. Algunos de sus hermanos intentaban cínicamente minimizar estos malos tratos dando a entender por maltrato que podían ser malas contestaciones y hechos de ese calibre cuando eran perfectos conocedores de lo que en realidad hacía su hermano. Y tengo multitud de pruebas, como las muchas denuncias interpuestas por mi madre con informes médicos de Urgencias que acreditan traumatismos faciales y craneales debido a los golpes, puñetazos, patadas, en definitiva, palizas que le daba mi padre (y de ahí la muerte de dos de mis hermanos al poco de nacer y la hemiplejía y parálisis cerebral del último ya que los malos tratos no cesaban ni durante los embarazos).

Sirva de ejemplo esta denuncia (véase la imagen) de la primera vez que tuvimos que salir huyendo y abandonar el hogar familiar -primera separación- porque mi padre llegó a casa en un considerable estado de embriaguez y sin mediar palabra empezó a pegar a mi madre con un zapato, a darle puñetazos, a insultarla, a decirle improperios tales como “hija de puta, zorra de mierda, que te la toque tu padre, vete con ellos, puta” intentando estrangularla y no dejándola salir de casa hasta que mi madre, gracias al tambaleante estado de mi padre merced al alcohol, logró zafarse y escapar, llamar a la policía y volver a casa y entonces fui yo, con apenas cinco años, quien, sabiendo desde mi cuarto lo que había sucedido y que mi madre estaba tras la puerta con los cuerpos y fuerzas de seguridad, les abrí la puerta aun sabiendo que, de haberme pillado mi padre, yo hoy tampoco estaría vivo. ¡Ese era mi padre!
Y esos hechos se repetían días y días. Y, una vez que huimos, su familia se puso de su parte, lo defendió a capa y espada, justificaron siempre lo injustificable y, por tanto, quiero y deseo que todo el mundo sepa que María Elena (Nenena), Pilar (Chila), José Manuel (Kuchos), María Jesús (Boni) y Maite (Chata) Domínguez Abad fueron cómplices necesarios, detestables legitimadores, acérrimos defensores y aborrecibles justificadores del terrorista doméstico de su hermano con total conocimiento de causa.
Por mucho que pudieran negar o quisieran hacer creer otra cosa para limpiar su asquerosa conciencia, la realidad era esa, que mi padre podía encerrarme en un armario al tiempo que pegaba a mi madre con un cepillo y después burlarse de haberle dejado la cara como un mapa (incluso le gustaba recrearse y mofarse de los malos tratos que le propinaba sirviéndose del desafortunado sketck de Martes y Trece Mi marido me pega). O fracturarle un dedo y dejarle un ojo morado a mi madre o a mí intentar seccionarme la falange de un dedo con un cuchillo de sierra de cocina. Todo eso pasó… Y cosas mucho peores. Pero sus hermanos, lejos de ayudarnos o tener alguna empatía, jamás mostraron la más mínima compasión y se pusieron del lado del criminal de su hermano –alguna hasta llegó a aparecer como testigo de la defensa de mi padre (María Jesús, a la que llamaban Boni)-.

Para acabar ya con este asunto, voy a poner un sencillo ejemplo que creo que ilustra muy bien la mentalidad criminal de esa familia de psicópatas que fueron siempre los Domínguez Abad. Mi madre, en algunas ocasiones, llegó a desahogarse con sus cuñadas (hermanas de mi padre) ante la terrible situación que estábamos padeciendo. Por ejemplo, les relataba como mi padre le tenía (a mi madre) terminantemente prohibido hablar con sus padres (con mis abuelos maternos) y, si en la factura de teléfono aparecía una llamada interprovincial con el prefijo 979 (Palencia), la paliza estaba asegurada. ¿Cuál fue la respuesta de una cínica arpía como Pilar Domínguez Abad (a la que llamaban Chila)? Pues que eso era una bobada, que mi madre siempre podría llamar a sus padres (mis abuelos) desde una cabina telefónica. La verdad es que tampoco podía porque mi padre le dejaba el dinero justo para hacer la compra y mi madre debía dejar las vueltas con el ticket y, si faltaba una sola peseta, la paliza estaba garantizada… Pero el mero hecho de que vieran normal, de que normalizaran que mi padre tuviera prohibido a mi madre hablar con sus padres da buena idea de esa mentalidad auténticamente nazi que, por ejemplo, mostraba la despreciable, indecente e inmoral Pilar Domínguez Abad, cuya catadura moral estaría a la altura de un Hitler o un Stalin. Como fue profesora de matemáticas en la Universidad de Sevilla, no estaría mal que quizá algunos antiguos alumnos se enteraran de que esta dizque señora -que gustaba de ir de progre y feminista- fue acérrima defensora y absoluta y total justificadora del repulsivo maltratador de su hermano Miguel. Una hipócrita que mucho quería a su hermanito Miguel, pero cuando este (o sea, mi padre) tuvo un accidente de tráfico, tras una noche de alcohol y desenfreno -víspera de Nochebuena- que le dejó en coma unos meses, ella dijo que solo se quedaba con él si se le pagaba un hotel y se corría con sus gastos, que ella tenía su trabajo en Sevilla y que, en caso contrario, se largaba. Una lengua viperina que, sin embargo, sí se atrevía a opinar sobre cómo íbamos de arreglados o vestidos mi madre y yo al hospital; en definitiva, un ser dañino, pernicioso, retorcido, hiriente y venenoso con una lengua bífida de serpiente que solo servía para hacer daño, para hacer el mal. Todavía recuerdo yo descolgar otro teléfono -pues tenían varios- en casa de mis abuelos maternos cuando estos conversaban con ella y escuchar a esta malnacida hacer una defensa cerrada del criminal de su hermano culpabilizándonos a las víctimas. Así fue siempre esta tétrica y sórdida hermana de mi padre, Pilar

Domínguez Abad, un mal bicho, con la misma sensibilidad que un reptil y una mentalidad propia del nazi más cruel y despiadado (casada, por cierto, con el pusilánime bragazas de Jesús López Barba, ¡pobre hombre!). Por eso quiero dejarlo negro sobre blanco, para que lo sepa todo el mundo, también sus hijas, incluida Begoña López Domínguez, para que no olviden jamás quién era el violento maltratador de su tío Miguel (Domínguez Abad), cuyas agresiones físicas y verbales verdaderamente bestiales hacia mi madre y hacia mí tanta gracia debían de suscitar en la inhumana defensora y legitimadora de su madre (y hermana de mi progenitor), Pilar Domínguez Abad, esa pérfida y manipuladora individua, amoral y desalmada, a la que llamaban Chila o Chiliña, repleta de la ponzoña del basilisco que tanto hubimos de padecer mi difunta madre y yo. Y, por tanto, que sepan las malditas, silenciosas cómplices del verdugo, que el martirio que sufrimos no será borrado y que ese lacerante sufrimiento caerá sobre toda su luna de cobardes y las acompañará siempre como viles secuaces de un execrable tirano y crudelísimo opresor -mi repulsivo progenitor- que hoy habrá de estar pudriéndose en las tinieblas del abismo si existe algún infierno.
Otro tanto cabe decir de las dos solteronas retorcidas, pérfidas y malvadas, unas auténticas víboras de siempre aviesas y siniestras intenciones, como fueron María Jesús (Boni, ya fallecida, a buen seguro pudriéndose en el infierno en caso de que el averno exista) y Maite (Chata) -profesoras del colegio coruñés Liceo La Paz-. La primera llegó a aparecer como testigo de la defensa de mi padre en algún juicio contra mi madre. Supongo que las palizas a que nos sometía mi padre le parecerían fantásticas a esta retorcida cerda -no tiene otro nombre-, e imagino que le harían mucha gracia las taquicardias y ansiedad que sufríamos mi madre y yo ante la incertidumbre de cómo vendría mi padre (o sea, el individuo), qué nos haría esa noche, si despertaríamos con vida al día siguiente y todas las secuelas que eso te deja… Aún recuerdo aquel verano, una vez ya

fuera del yugo de mi padre, en que mi madre y yo nos las encontramos en Suances (Cantabria) a Boni y Chata (María Jesús y Maite Domínguez Abad, esta última monjil y frígida) -sospechosa casualidad- y no dejaron de perseguirnos en una operación de acoso absolutamente brutal –hasta tal punto que gente de Suances como la maravillosa familia Gutiérrez Cuevas hubo de protegernos, y ahí está la espléndida Beatriz Gutiérrez Cuevas para corroborarlo– y el caso es que estas dos víboras iban diciéndonos que no tenían ninguna relación con su hermano Miguel, pero nada más llegar a casa de mis abuelos, en Palencia, escuchamos en el contestador telefónico mensajes de mi padre donde, entre improperios e insultos, decía que ya sabía que habíamos visto a sus hermanas, que yo no había querido saludarlas, etcétera. ¿Cómo se enteró si decían no tener contacto con él? Pues muy sencillo, porque siempre fueron unas mentirosas compulsivas, unas embusteras patológicas, unas impresentables de sinvergonzonería ilimitada hasta tal punto, como digo, de tener la inmensa desfachatez y poca vergüenza de aparecer como defensa del maltratador de mi padre en juicios contra las verdaderas víctimas que éramos mi madre y yo. No me extiendo más en esto, solo quiero dejar constancia para que cualquiera que tenga interés sepa la verdad de lo ocurrido y el comportamiento mezquino, deleznable, repugnante y nauseabundamente perverso e infame de la familia Domínguez Abad como justificadora total y absoluta de un terrible y atroz criminal maltratador que casi acaba con nuestras vidas.
De Maite (Chata) Domínguez Abad conservo alguna carta escrita de su puño y letra donde se atreve a preguntar a mi madre si el daño (eufemismo que emplea para referirse a los malos tratos) por parte de su hermano había sido directamente también hacía mí. ¿Qué escondía tan aviesa pregunta? Pues la justificación del maltrato si este se hubiera circunscrito a mi madre. Es cierto que yo también padecí malos tratos (como aquella vez que mi padre intentó seccionarme la falange de un dedo con un cuchillo de sierra), pero, evidentemente, mi madre sufrió muchas más severas palizas. En la retorcida mente de estos seres, al parecer, el hecho de que un niño –como era yo- tuviera que ver cómo maltratan al ser que más puede querer en su vida, su madre, no debería afectarme en nada. Me pregunto si a esta cerda le hubiera gustado asistir a palizas por parte de su padre (Pepote Domínguez Villaverde) siempre que la víctima hubiera sido su madre Elena Abad Fraguela mientras a ella no le hubiera tocado un pelo. En fin, justificar lo injustificable. Cabe decir que esta hermana de mi progenitor, Chata, siempre fue considerada como la cortita de su familia, la chica de los recados y además totalmente dominada por su hermana María Jesús (Boni); Chata era infantiloide, pueril, carente de personalidad, sin criterio propio, pero eso no impidió infligir daños con escritos como el mencionado donde da a entender que si mi madre sufría malos tratos, eso no debería afectarme en nada. Otra mente retorcida más propia de un frenopático que de un aula. Como fue maestra de escuela, compadezco a los alumnos que la tuvieran de tutora.
Esta Chata (Maite Domínguez Abad), escasamente femenina, de rostro simiesco, con pelo moreno y corto a lo cepillo y de aspecto monjil (con aquellas lóbregas faldas de monja alférez), creía en las profecías de Nostradamus, hacía ridículas imitaciones de los muñecos del ventrílocuo José Luis Moreno –especialmente de Macario-, le gustaban dibujos animados como Snoopy, en fin, hacía gala de un infantilismo superlativo.
Si su hermana Chila (Pilar Domínguez Abad) era un lúgubre, tétrico, perverso y malvado personaje lorquiano; Chata era un no menos deplorable personaje de tintes berlanguianos. A veces pienso que en esa familia no había un solo ser que estuviera en su sano juicio. Pero lo peor de todo es el inmenso, intenso, profundo dolor y daño que provocaron y por el que jamás pagaron. Ni siquiera hubo nunca asunción de culpa o responsabilidad, mostrando un hiriente cinismo auténticamente devastador. Por su parte, en casa de Chila, en Sevilla, estuvimos en la Expo92, unas navidades y también una Semana Santa siendo yo pequeño; aún recuerdo fingir estar dormido por la noche para evitar que aquella bruja de Chila se me acercara lo más mínimo; la repulsión era máxima.
En los años noventa y principios del siglo XXI no había una legislación que contemplara una protección auténtica y verdadera para las víctimas de la violencia doméstica y para sus hijos ni unas penas para los responsables de ello. De haber existido, estos seres inmundos como Chila, Kuchos, Chata o Boni deberían haber pisado un penal como cómplices necesarios; sin embargo, igual que muchos etarras o jerarcas nazis, morirán en el santuario de la más absoluta impunidad. Como ocurrió con el maltratador de mi progenitor –pese a sus breves estancias en el calabozo después de alguna paliza-. Sirvan estas líneas para que al menos a su exoneración no se sume el silencio atronador de todo cuanto ocurrió.
¿Acaso no sabían Chiliña y Boni y Chata que mi padre nos prohibió a mi madre y a mí que habláramos entre nosotros bajo amenaza de paliza? Tuvimos que hacerlo a escondidas, con el riesgo que eso conllevaba y las consecuencias, a modo de paliza, que suponía el ser descubiertos. Incluso prohibió a mi madre que fuera a buscarme al colegio. Incluso me incitaba a mí a pegar a mi madre con un cepillo, instrumento que yo tiraba al suelo echándome a llorar. ¿No sabían qué instrucciones me dio mi padre si mi madre decidía separarse: que nada más llegar a casa de mis abuelos maternos tirase el televisor por la ventana o prendiera fuego a las cortinas? Pues con ese ser es con el que, por ejemplo, Pilar Domínguez Abad quería que me fuera. Y después de todo el dolor que causó y de las secuelas que dejó, estas hermanas de mi progenitor, en más de dos décadas y media, no se dignaron siquiera a preguntar: ¿Cómo estás? Y para lo único que abrió la boca la miserable Pilar Domínguez Abad es para intentar silenciarme. Eso solo demuestra una cosa: ser una escoria con el alma putrefacta y el mismo espíritu criminal del maltratador de su queridísimo hermano Miguel Ángel Domínguez Abad.
¿Acaso no sabían por qué fallecieron mis hermanos Joaquín José y David al poco de nacer y por qué mi hermano Alberto, fallecido a los 17 años, nació hemipléjico y con parálisis cerebral? Porque los malos tratos y las palizas no cesaban ni durante los embarazos de mi madre. Quizá por eso estas endiabladas hermanas de mi progenitor querían que me fuera con él, para haber acabado yo igual, bajo tierra. Sencillamente, su comportamiento fue criminal.
¿Acaso iban a decirme que no sabían absolutamente nada? ¿Iban a practicar el mismo cinismo que aquellos jerarcas nazis que afirmaban no estar al tanto de la solución final (eufemismo que se empleaba para el exterminio) contra los judíos o que osaban aseverar que desconocían la existencia de los campos de concentración o las cámaras de gas con Zyklon B donde perecieron tantos seres humanos? ¿Iban a hacer gala de esa amnesia colectiva que tanto gustaron de mostrar muchos gerifaltes nacionalsocialistas con responsabilidad y complicidad en los crímenes perpetrados durante el III Reich? Sencillamente, no podían ni podrán hacerlo nunca. Porque, por ejemplo, en la separación definitiva de mi madre, mi abuela materna (Marina) se lo relató todo con pelos y señales a Pilar Domínguez Abad (Chila) y jamás podría negármelo porque yo mismo, desde otra habitación, descolgaba el teléfono y escuchaba toda la conversación, incluida la defensa numantina y asquerosa que Chila hacía de su querido hermano Miguel, el nefando y abominable maltratador de mi progenitor. Por eso tengo clavada su voz de mala pécora demoníaca e infame que me producía auténticos escalofríos.
No tuvo jamás Chila el valor de negármelo porque no podría mentirme a la cara y ser capaz de mantenerme la mirada soltando semejante embuste. Por eso prefirió toda su vida ser como una comadreja, como una rata de cloaca, al igual que mi padre, quien, cuando yo abrí la puerta a la policía con cinco años, se metió en la habitación y, aunque dejó la puerta del cuarto abierta, se escondió en la cama hecho un ovillo después de casi estrangular a mi madre. Así son las ratas inmundas del detestable y aborrecible clan Domínguez Abad.
Es curioso que, cuando vivimos en La Coruña y aún no había nacido mi hermano Alberto, tuviéramos una asistenta, Amelia, conocida como Mela, una servicial mujer gallega muy agradable. Mi madre allí no trabajaba (había pedido excedencia en la diputación de Palencia), especialmente por el deseo de mi progenitor de que apenas se relacionara con nadie y tenerla lo más aislada posible. Aunque bueno, como yo no fui a guarderías, eso permitió que mis primeros cinco años de vida yo estuviera constantemente con mi madre, que me estimuló bien y prueba de ello es el buen rendimiento que cosecharía yo luego cuando, posteriormente, acudí al colegio.
Como digo, en La Coruña, mi madre no trabajaba, solo había un hijo, y además sano, que era yo. Sin embargo, en Toledo, ya había nacido mi hermano Alberto (nació en Vigo prematuramente), hemipléjico y con parálisis cerebral, y no tuvimos asistenta. ¿Por qué? Muy fácil. Porque en La Coruña, la madre de mi progenitor, Elena Abad Fraguela, quería presumir de que tanto ella como su hijo tenían servicio doméstico. Eso revela muy bien la mentalidad acomplejada de aquella detestable señora. Mi abuela paterna se preocupaba solo por las apariencias, por aparentar. Quería aparentar precisamente lo que no era. Mientras mi madre y mis abuelos maternos poseían una gran elegancia, una educación exquisita, un porte y una prestancia impresionantes propios de una familia ilustrada y de formas y modos extraordinarios, Elena Abad Fraguela no era más que un grotesco esperpento valleinclanesco, una vieja gorda quejicosa con cara de butifarra, con un rostro de siniestra amargura biliosa, sirvienta de su hermana en su juventud, y que en su vejez tenía en casa un salón a modo de adorno en el que nunca se entraba –se hacía vida en la minúscula habitación de las niñas (es decir, Chata y Boni, ya cuarentonas a las que seguían llamando niñas)- o que gustaba de ir a la cafetería Manhattan intentando aparentar lo que no era. No era una dama, ni siquiera una señora y le faltaba hasta la humanidad suficiente para ser considerada siquiera persona. No le gustaba que se la llamara abuela y quería el término mamá guapa, en lo que ya constituía una especie de maltrato psicológico desde el inicio, ¿qué era eso de mamá guapa? ¿Que entonces mi verdadera madre era la fea? Pues por simples razones de objetividad y belleza, más bien sería a la inversa. Primero porque Elena Abad Fraguela tenía el mismo atractivo físico que un orangután atropellado con el rostro desguazado y, como madre, en fin, lo sería de sus hijos, que no mía, y con los vástagos que tuvo, más le hubiera valido no haber parido nunca.
Ello revela el carácter vanidoso, arrogante y presuntuoso de Elena Abad Fraguela que heredaría mi propio progenitor, un ególatra megalómano, un narcisista de libro que se creía siempre el number one; amén de sus celos absolutamente patológicos que lo convertían en un ser posesivo, controlador y terriblemente manipulador hasta extremos inimaginables.
Por otra parte, no se trata de que los miembros del clan Domínguez-Abad fueran austeros, sino simplemente cicateros, avaros, ruines, miserables. Jamás un detalle ni un gesto de generosidad. Bien que mi progenitor se gastaba el dinero que mi abuelo materno nos mandaba (a mi madre y a mí) en borracheras, putas y otras repugnancias. Sin embargo, yo tenía vedada cualquier cosa por nimia que fuera. Mientras mi progenitor se emborrachaba, lo único que yo pedía pedir –y eso si me lo permitía y con riesgo de posible maltrato, a mí o a mi madre- era un mísero vaso de agua. Por el contrario, cuando yo estaba con mi madre y con mis abuelos maternos, aquello era el paraíso para un crío como yo. Algo tan simple como un mosto, una fanta de naranja, un huevo kínder como los que me compraba mi abuelo materno, un cochecito pequeño de juguete que vendían en los quioscos como los que me compraba mi madre o un tebeo de Mortadelo y Filemón eran impresionantes obsequios para ese niño que era yo, acostumbrado como estaba a la más absoluta privación de todo con mi progenitor. De hecho, si yo tuve mi primer triciclo, mi primera bicicleta, un microscopio o hasta los libros de texto del colegio, todo era fruto de la inmensa generosidad trufada del más intenso cariño y auténtico amor de mi familia materna frente a una gélida, áspera y vomitiva familia paterna que lo más que ofrecía eran muestras de desagrado y la vil justificación más infame de los malos tratos que padecíamos mi madre y yo por parte de mi progenitor, quien prefería emplear el dinero –muchas veces de mi propio abuelo materno- en alcohol, caprichos suyos e incluso cuando el dinero que nos mandaban mis abuelos maternos no le parecía suficiente, ello era motivo para una nueva paliza. Aunque esta siempre estaba garantizada. Si salías a la calle con los amigos, porque salías. Si te quedabas en casa leyendo, porque no salías a que te diera el aire. Y lo mismo con mi madre. Si se arreglaba y se ponía guapa, porque iba provocando… Si no lo hacía (en un vano intento por aplacar su ira), porque era una dejada. Y así todo. La excusa siempre la iba a encontrar aquel malnacido maltratador para propinar la más encarnizada paliza. Algo que tanta satisfacción debía de suscitar en cínicas sinvergüenzas desalmadas como su hermana Pilar Domínguez Abad, la inefablemente pútrida Chiliña. Con razón mi progenitor nombró heredera universal a una de las hijas de Chila (Begoña), en definitiva, pagó bien los servicios prestados a su hermana Chila como fiel y servil lacaya, como cómplice entusiasta de sus atrocidades.
La paliza, como he dicho, podía ser por cualquier cosa. Recuerdo un verano en Alcocéber (Castellón), en que mi progenitor optó por encerrarme en un armario, una de tantas. En esta ocasión, porque yo no quería comer. Mi madre intentó sacarme de allí, lo que le supuso golpes y una severa paliza. Como yo seguía sin apenas comer –o lo hacía de manera forzada torturado por mi padre-, finalmente acudimos al médico. Resultó que yo tenía unas anginas de caballo. Pero daba igual. El sufrimiento era constante. El dolor también. Muchas veces, el motivo o excusa esgrimida era la comida preparada por mi madre. Daba igual que hiciera el más delicioso manjar, si no era del agrado de mi progenitor, era frecuente que los platos, vasos y cubiertos acabasen saltando por los aires y que mi padre los estampara contra la pared y que estos acaraban hechos añicos en el suelo. Recuerdo a mi madre recogiéndolos del suelo y a mi progenitor aprovechando esa coyuntura para darle varias patadas. Al intentar yo evitarlo y ponerme también a recoger los platos rotos para ayudar a mi madre e intentar cubrirla, entonces me llevé yo los golpes. Pues bien, ¿este monstruo es un padre? Pues este personaje es el encantador padre con el que quería que me fuera su queridísima hermanita Chiliña. Y solo estoy relatando cuestiones meramente anecdóticas y nimias porque, si de verdad contara los hechos más espeluznantes, descarnados y encarnizadamente sádicos, ciertos seres, empezando por la propia Pilar Domínguez Abad (y sus hijas), a lo mejor no podrían salir a la calle sin que les escupieran a la cara. Así que estoy haciendo un esfuerzo sobrehumano de contención en un alarde de extrema generosidad y benevolencia como no se pueden imaginar.
Hablando de platos rotos, contaré otra anécdota. Yo aún conservo parte de una vajilla, es decir, los platos que no rompió mi progenitor y que había sido un regalo de bodas para mi madre. Los tíos de mi madre Julio García-Puente Llamas y Carmina del Corral Llamas deciden obsequiarla con un regalo de boda precioso que consistía en una vajilla realizada por las monjas cistercienses del monasterio de San Andrés de Arroyo (Palencia). Pusieron las iniciales de mi madre: A. C. (Ana Corral). Y ese motivo encolerizó a mi progenitor. Así que mis abuelos maternos (Agustín del Corral Llamas y Marina Romero García) tuvieron que encargar, comprar y pagar de su bolsillo otra idéntica, pero con las iniciales M. A. (bien por Miguel y Ana o por Miguel Ángel, más bien sería por esto último, dado el elevado grado de narcisismo de mi progenitor) para complacer así los caprichos de mi lunático progenitor. Los platos que se salvaron del destrozo de mi progenitor de aquella primera vajilla fueron a parar a casa de mis abuelos maternos, de ahí que aún hoy yo los conserve. Aquello ya fue razón suficiente para una paliza por parte de mi progenitor ¡y eso que estaban recién casados!
Mi progenitor era experto en destrozar todo, absolutamente todo. Hasta nuestras vidas. Por lo menos dos coches, el Seat Ritmo de mi madre y, posteriormente, un Renault 21, acabaron hechos un amasijo de hierros, tras accidentes de mi progenitor conduciendo ebrio y drogado tras noches de desenfreno. Como mala hierba nunca muere, siempre sobrevivió a esos accidentes y, además, con la misma fuerza demoníaca de siempre. Ninguno de aquellos accidentes consiguió hacerle replantearse su modo de actuar. Fue toda su vida un salvaje inhumano. Una vez separada mi madre, aún nos llegaban multas de tráfico, por exceso de velocidad, consumo de sustancias y otras infracciones que cometía mi progenitor, quien puso el coche a nombre de mi madre y daba el domicilio de mis abuelos maternos para que nos llegaran a nosotros aquellas multas. Incluso, ya fallecida mi madre, a mí mismo me seguiría llegando el impuesto de vehículos de tracción mecánica de un coche (Fiat Croma) por parte del servicio de Recaudación del ayuntamiento de La Coruña porque, una vez más, mi progenitor dio nuestras señas de Palencia. Bien podía haber dado el domicilio de su queridísima hermana y abogada defensora, esto es, de la hija de perra de Chila (y pido perdón a todas las hembras del fiel cánido doméstico que, a buen seguro, tienen una nobleza de la que siempre careció Chiliña) o de su sobrina favorita e hija de la anterior, Begoña López Domínguez, su heredera universal, con la que, desgraciadamente, hube de coincidir yo en la notaría en diciembre de 2023 y a la que vi muy apocada, insulsa, inexpresiva, insustancial, anodina, pacata, paradita, como si le faltara un hervor –que diríamos en Castilla-, con intervenciones monosilábicas que de vez en cuando parecían escapársele de las comisuras de la boca entre cierta risa hierática sin llegar a concatenar mucho más de dos frases seguidas, lo que, para mí, resultó en cierta forma chocante y sorprendente en contaste respecto de su madre, quien, aun sin grandes aspavientos ni histrionismo exorbitado, sino más bien con la imperturbabilidad propia de un cínico nazi, sí que se caracterizó siempre por una venenosa locuacidad siendo verbalmente muy beligerante, doliente y dañina con palabras infames y la ya mentada acérrima defensa de mi criminal progenitor.
Por cierto, el hecho de que nos trasladáramos a Toledo desde La Coruña tiene su historia también. Mi progenitor había ejercido de contable en la gestoría Contabem de La Coruña, incluso mi madre y yo lo acompañábamos en ocasiones a gestiones relacionadas con su trabajo que había de realizar en ciertos municipios (Arteijo, Betanzos, Ferrol…). Cuando, finalmente, mi progenitor pasa a ser contable de la ONCE, no existe plaza vacante en Galicia, pero sí en Valladolid. Sin embargo, mi progenitor se niega en rotundo a esa posibilidad. Por una sencilla y maquiavélica razón: mis abuelos maternos vivían en Palencia y no quería que mi madre y yo estuviéramos a solo 47 km de ellos. Y eso a pesar de que, si hubiéramos ido a Valladolid, mi madre hubiera podido pedir su reincorporación en la diputación de Palencia y contar así con dos sueldos. Pero pudo más el deseo de mi progenitor por intentar aislarnos. Por eso se acabaron barajando las opciones de Madrid y Toledo y se optó por Toledo por ser una ciudad más pequeña y aparentemente más cómoda que la capital del reino. Pero sirva de ejemplo de cómo un psicópata maltratador antepone su férreo control de aislamiento sobre sus víctimas para que estén totalmente indefensas ante las posibles salvajadas que cometa contra ellas.
Incluso cuando vivíamos en La Coruña se dio una circunstancia y es que una de las grandes amigas de infancia de mi madre también residía allí (Blanca Arangüena Fanego), pero mi madre no pudo tener contacto con ella. Solo podía salir con sus cuñadas Chata y Boni, solo podíamos ir con estas dos arpías malencaradas como si fueran una especie de guardia pretoriana pendiente de nuestros movimientos, como las maquiavélicas hermanastras de la Cenicienta, siempre haciéndonos la vida imposible. Mi madre no podía trabajar, no podía tener amistades, en definitiva, mi progenitor consiguió establecer un espléndido campo de concentración doméstico con una habilidad extraordinaria y francamente portentosa. El mismo campo de concentración doméstico que defendía una progre feministoide que se decía socialista en aquellos tiempos de galopante corrupción felipista y que no era otra que su hermana Chila. De igual forma, mi progenitor se aprovechó de que mi madre fuera hija única y no tuviera hermanos. Sí que tenía primos, pero mi progenitor tampoco quería que tuviéramos contacto con ellos refiriéndose despectivamente a ellos como familia postiza. La primera vez que se separa mi madre, su tío Julio García-Puente Llamas –primo segundo y cuñado de mi abuelo materno Agustín del Corral Llamas-, eminente cardiólogo (un gran hombre y muy buena persona), nos brindó gran ayuda y un apoyo que recuerdo con inalterable gratitud, y ello hizo que mi progenitor le profesara un odio africano, el mismo que nos profesaba a mis abuelos maternos, a mi madre y a mí mismo. Pero para mí toda persona odiada por mi progenitor pasaba prácticamente a convertirse en nuestro mayor –y más admirado- aliado.
Tras unas convulsiones epilépticas de mi hermano Alberto que supusieron su ingreso hospitalario, mi madre decidió volver –hubo de retirar la denuncia- con mi progenitor, quien apareció en el hospital 12 de Octubre de Madrid diciendo ser un hombre nuevo, totalmente cambiado, que solo deseaba una familia unida y que nada de lo ocurrido jamás volvería a suceder, todo ello con una muy bien fabricada sarta de mentiras que se descubriría a las pocas semanas –e incluso días- donde volveríamos a ser víctimas del más despiadado maltrato hasta que mi madre, cuatro años después, decide separarse definitivamente y, entonces, tuvimos que sufrir no solo su acoso y derribo, sino también las presiones y actitudes más viles y rastreras por parte de su familia, del atrabiliario clan Domínguez-Abad.
Me acuerdo de que el mismo día de dejar Palencia para volver a Toledo, yendo con mi padre por la ciudad del Carrión, le enseño el que había sido mi colegio durante esos meses de refugio, el CP Padre Claret (cuando mi madre se separa definitivamente, yo iría al CP Ramón Carande y Thovar y luego al IES Trinidad Arroyo de Palencia). Le digo: «Mira, este es mi cole». Y mi progenitor responde a voz en grito: «Era, porque aquí ya no vas a volver en la vida eh». Aquella mirada asesina que me lanzó con los ojos inyectados en sangre -y que me hacía temblar y entrar en pánico generándome un estado de ansiedad constante- cuando pronunció aquellas palabras enseguida me hizo pensar: «Este individuo no ha cambiado nada». Efectivamente, no me equivocaba. Al poco tiempo, mi madre y yo sufriríamos el despiadado salvajismo de sus malos tratos. Recuerdo que a mi progenitor le gustaba hacer gala de su autoritarismo y ver el miedo que lograba causar en mí en cuanto vociferaba mi nombre requiriéndome ante su presencia para cualquier cosa, en alguna de esas ocasiones lo hizo con alguna de sus hermanas delante -incluso de su madre, mi impertérrita e impasible abuela paterna-, quienes reían complacidas ante la abyecta capacidad de mi progenitor de ejercer ese tiránico sometimiento y ante la triste impotencia de mi indefensa madre.
Y a Boni (María Jesús Domínguez Abad) la recuerdo ayudando y aconsejando a mi padre. En concreto, en una Semana Santa en que tuve que ir con mi progenitor a Coruña y, allí, en aquella escalofriante casa de la avenida Rubine (nº 6) donde moraba mi abuela paterna, de infausto recuerdo. Mientras yo permanecía en aquella larga y estrecha cocina, ellos estaban en la sala anexa que tenían como comedor (en realidad un antiguo cuarto para la chica de servicio reconvertido en comedor). Y Boni diciendo a mi progenitor: “A mí los padres de Ana [mi madre] me la sudan [sic], a mí me da igual que Ana esté viva o muerta, pero mientras esté viva te puede llevar a juicio y meterte en problemas”. Aquellas palabras no se olvidan nunca. Jamás. Cuando esta individua murió, llegó a casa cartita de mi progenitor recriminando por no haberle dado el pésame ante la muerte de su hermana Boni. A lo mejor hubiera querido también una corona de flores para semejante cerda nauseabunda. Eso sí, Chatita se quedó sin su siamesa, pues no se sabía dónde empezaba una y dónde acababa la otra puesto que siempre estaba pegada a su culo como perrita faldera, chismosa y correveidile o como una mera y sucia excrecencia adosada a la nalga de su hermana.
Me acuerdo también de las luchas intestinas (por la herencia), cuando falleció Elena Abad Fraguela, entre el bando de Kuchos y mi progenitor por un lado, y Boni y Chata por otro, pero eso no impidió, por ejemplo, que tiempo después la abyecta y vil Boni (María Jesús Domínguez Abad) fuera llamada como defensa por parte de mi progenitor en algún juicio ni la cerrada defensa que hicieron del maltratador de mi padre.
De Kuchos recuerdo que, cuando vivíamos en La Coruña –donde yo nací-, en la avenida Vicente Aleixandre (cerca de Cuatro Caminos) –pues cuando vivimos en la avenida Fernández Latorre era yo muy pequeño y apenas recuerdo nada-, en muchas ocasiones, este hermano varón de mi progenitor se quedaba a dormir la mona en nuestra casa tras irse de borrachera (él decía de caralleta) para evitar tener que presentarse en tan lamentable estado de embriaguez en casa de su dantesca madre, es decir, de mi funesta abuela paterna Elena Abad Fraguela (avenida Rubine) aunque esta última bien sabía de las andanzas y vida disoluta de este vulgar y tartamudo pendenciero, de este personaje de medio pelo que era José Manuel Domínguez Abad (Kuchos), quien luego resarcía a su madre acompañándola al Bingo. Hasta tal punto era así que, en ocasiones, su hermana Carmen (Car) tenía que cubrir sus clases en la academia, en el Colegio del Ángel, sito en plaza de Lugo de la ciudad coruñesa. Asimismo recuerdo que fue este Kuchos (José Manuel Domínguez Abad) quien llamó en una ocasión a mis abuelos maternos -en defensa de su hermano Miguel- para que le dejaran ropa a mi progenitor puesto que mis abuelos no le dejaban entrar en casa. Sucedió en Palencia. En unas ferias de San Antolín. En efecto. Nos refugiamos en casa de mis abuelos y llamaron a la policía dejando a mi progenitor fuera del hogar después de que este maltratador asestara una brutal paliza a mi madre que casi acaba con su vida. Aun así, mi abuelo materno (Agustín), con generosidad infinita y gallarda valentía, bajó al portal de casa con una maleta dejándole ropa a mi progenitor, aun sabiendo que aquel criminal ebrio, de un mal golpe, podía dejarle en el sitio. Igual que en otra ocasión en que intentó secuestrarme mi progenitor y tuvieron que ir a buscarme mi abuela materna y mi madre y fuimos escoltados hasta el portal de casa por la entrañable familia (Alberto y Cirina e hijo) que regentaba el asador La Encina de la calle Casañé de Palencia.
Este Kuchos gustaba de practicar nudismo en ciertas zonas de la costa gallega y de cierto exhibicionismo especialmente entre público joven, entre otras prácticas parafílicas que no citaremos para no degradar aún más a un siniestro personaje que ya por sí solo rezuma un patetismo supino. No se le conoció nunca pareja estable -al menos en aquel tiempo-, pero es fácil inferir que un ser de mente tan depravada no encontrara encaje con ninguna persona medianamente normal.
A la única que no cito es a Carmen (Car) por ser la única hermana de mi progenitor que se mantuvo al margen y nunca le defendió. Y porque incluso alguno de sus hijos (Javi López Domínguez) tenía la valentía de saludarnos a mi madre y a mí y de negar el saludo a mi padre en lo que, para mí, aun siendo yo muy niño, constituía una auténtica heroicidad. Sus guiños cómplices hacia mi madre y hacia mí y su manifiesta animadversión hacia mi padre me hacían entender que era de los pocos -o quizá el único- de aquella atrabiliaria familia que comprendían las dimensiones del calvario que mi madre y yo sufríamos. Por supuesto que los demás eran conocedores. Pero justificaban, defendían y legitimaban al maltratador. Sin embargo, hubo excepciones como la de este chico que, ya solo por ello, siempre tendrá todos mis respetos y que, en justicia, creo que es digno reconocerle. Quizá por haber presenciado siendo pequeño aquello de lo que era capaz mi padre y habérselo comentado a su madre, esta prefirió mantenerse al margen. Su padre, Tonechu (marido de Car), quien falleció relativamente pronto, fue también un buen hombre, divertido y entrañable, con gran sentido del humor, que gustaba de jugar conmigo o hacer solitarios con las cartas, con el que yo me entendí muy bien siendo un niño y que me consta que también sufrió injustos desprecios por parte de su familia política (los inefables Domínguez-Abad, la familia causante de tanto mal a todos los niveles).
Por lo que sé, a Ton nunca debieron de perdonarle que se cruzara en el camino de su esposa Car y que por casarse con ella, esta abandonara la carrera de Químicas; de alguna forma lo culpaban a él, aparte de que nunca lo consideraron suficiente buen partido, algo bastante irrisorio si tenemos en cuenta que lo decía una familia, los Domínguez-Abad, de tan poca clase, pero, eso sí, siempre obsesionada por las apariencias que tanto importaban a mi asquerosa abuela paterna Elena Abad Fraguela. Sin embargo, cuando mi abuelo paterno –al que yo no conocí por morir antes de que yo naciera- enfermó, creo que uno de los que más estuvieron al pie del cañón fue precisamente Ton, callando así muchas bocas, esas lenguas viperinas de los Domínguez-Abad. Mi abuelo materno (Agustín) siempre habló muy bien del bueno de Tonechu, y la verdad es que conmigo –y con mi madre- siempre se portó bien. Estando él ya malito –y con diálisis-, un verano en que estuvimos en Sada (La Coruña), vieron que Ton había rejuvenecido estando conmigo. Según parece, había vuelto a sonreír pasando tiempo conmigo, por lo que propusieron que me quedara allí una semana, y la verdad es que, si en algo contribuí a hacerle más agradables aquellos días, me alegro por él y me siento satisfecho de ello.
De igual forma, del marido de María Elena, Edelmiro Bascuas López, ya fallecido, nunca podré decir una mala palabra –a diferencia de su esposa, la hermana de mi progenitor, María Elena, quien sí que tuvo actitudes y comportamientos ruines, mezquinos y miserables, ya que era una persona terriblemente manipuladora y dañina-. Pero Edelmiro Bascuas siempre fue un caballero. Y su comportamiento tanto con mi madre como con mis abuelos maternos siempre fue exquisito, aparte de su vasta cultura -no solo filológica, que también-. Es más, me consta que siempre fue partidario de que mi madre cortara amarras y abandonara definitivamente a mi progenitor para nuestra felicidad e incluso para salvar nuestras vidas, aunque era difícil hacerlo en un tiempo en que no te aseguraban la reclusión del maltratador y este podría tomar represalias, desde secuestrarme y que mi madre no me volviera a ver hasta matarnos por “abandonarle” como muchas veces nos amenazaba con ello si lo hacíamos, es decir, si mi madre decidía separarse, de ahí que viviéramos verdaderamente atemorizados largo tiempo, en un auténtico y angustioso sinvivir. En los años noventa e incluso principios del 2000 no había ninguna protección y tampoco valía de nada el testimonio de un niño de diez u once años como los que yo tenía entonces. Aparte de que, de exigir un careo con él y tener que testificar en su contra en su presencia, hubiera podido suponer mi muerte, razón por la que yo le tenía y le tuve siempre a mi padre auténtico pánico, verdadero terror.
Asimismo solo tengo buenas palabras hacia mi prima Elena Bascuas Domínguez por su enorme empatía, por su sensibilidad y humanidad ante nuestra dramática situación, por su comprensión y apoyo, por ser la única persona de aquella atrabiliaria familia con un intenso sentido moral y honda calidad humana –a buen seguro heredada de su egregio progenitor, el gran Edelmiro Bascuas– y a la que solo puedo manifestar una afectuosa gratitud.
ADVERTENCIA MUY IMPORTANTE
Debo hacer saber que se me conminó en su momento a borrar y suprimir lo escrito en este apartado por parte de miembros de la familia Domínguez Abad (en concreto, a instancias de Pilar Domínguez Abad, la dictatorial Chila ¡cómo no!), algo que, obviamente, no va a suceder bajo ningún concepto. Por mucho que se intente coartar mi libertad de expresión –le salió a ella la misma propensión autoritaria, despótica, tiránica y opresiva de mi progenitor-, no voy a ceder a ninguna, absolutamente a NINGUNA presión de quienes quieran borrar el pasado porque son etapas de mi vida y, por tanto, no cometo delito alguno haciéndolas públicas. ES MI VIDA. No imputo más delitos a nadie que los cometidos por mi progenitor, me limito a reseñar mis vivencias y el comportamiento de cada cual ante unas circunstancias determinadas, esto es, sencillamente me limito a constatar lo que mi madre y yo vivimos, sufrimos y padecimos. ¡Solo faltaría que ni a eso tuviera derecho! Y sí, lo hago ahora. Porque de haberlo hecho antes quizá mi madre hubiera acabado como Ana Orantes, quien, tras relatar públicamente su testimonio de malos tratos, fue vilmente asesinada por su marido días después.
No es más que el relato autobiográfico de mis vivencias y si aparecen citadas personas es por la relevancia que tuvieron –para bien o para mal- en ciertas etapas de mi vida. Y si recibo cualquier tipo de notificación coactiva, esto que está escrito tendría aún más repercusión –que no le quepa la menor duda a nadie- porque entonces acudiría a todos los medios (escritos, digitales, audiovisuales, prensa, radio, televisión…) donde contaría lo mismo denunciando además los intentos de silenciar lo sufrido. No infrinjo protección de datos alguna de tal suerte que única y exclusivamente cito nombres y apellidos (sin dar documentos nacionales de identidad, domicilios, números de teléfono… aunque los tenga) y no se trata en modo alguno de injurias ni calumnias, sino del relato autobiográfico de lo padecido y sufrido y que responde a la verdad, no hay difamación alguna. Y tengo pruebas más que suficientes, desde denuncias de malos tratos, sentencias judiciales, informes médicos o partes de lesiones hasta escritos, cartas o conversaciones grabadas (mis abuelos maternos hubieron de comprar grabadora para que quedaran registrados los improperios e insultos que dejaba mi progenitor en el contestador o en llamadas que realizaba) y donde quedarían aún peor retratados los que se han atrevido a rasgarse las vestiduras porque no son capaces de digerir la verdad y los hechos de los que ellos fueron execrables justificadores. Pilar Domínguez Abad tuvo la poca vergüenza de ir de plañidera compungida practicando un victimismo infame y afirmando sentirse dolida por lo que aquí hay escrito. ¡Ella osando hablar de dolor! ¿Quería saber lo que era el dolor? Dolor era ver día sí y día también a mi madre con el ojo morado, con fracturas y moratones o con taquicardias por no saber cuántos golpes caerían aquella noche a manos de mi progenitor. Y, como digo, tengo multitud de pruebas que lo atestiguan, así que más vale que no se intente acallarme porque sacaría toda la artillería autobiográfica que es muchísimo más dura que las pocas y brevísimas pinceladas que, grosso modo, aquí quedan reflejadas.
En enero de 2023 murió mi progenitor, me desheredó –lo que es un orgullo para mí viniendo de un criminal-, pero, obviamente, no se me podía negar la legítima. Nombró heredera universal a una de las hijas de Pilar Domínguez Abad -en agradecimiento a los servicios prestados como cómplice encubridora-, y que quede claro que no fue esta la que accedió a darme la legítima, sino que sencillamente, de no hacerlo, hubiéramos ido a juicio y hubiera tenido ella todas las de perder porque es muy difícil quitar la legítima a un descendiente directo y único hijo biológico vivo –salvo casos de atentado contra la vida del progenitor- y, por tanto, y más con los antecedentes de malos tratos del individuo, hubiera tenido que dármela sí o sí. Pero accediendo de buena gana se evitaba pérdida de dinero en juicios que sabía tendría perdidos. De hecho, de la defunción de mi progenitor no me entero en ningún caso por Pilar Domínguez Abad ni por su hija, sino que la abogada de esta última se pone en contacto conmigo solo –y reitero solo– cuando saben que pido copia del testamento a la notaría donde testó mi progenitor. Y eso que era muy fácil contactar conmigo, basta poner mi nombre en Google. Pero antes reinó un silencio sepulcral por su parte, lo que revela sus espurios intereses. Como siempre en esa familia. Se mantuvieron calladas como vulgares meretrices de lupanar barato, de esos que tanto gustaba de visitar mi progenitor. Seguro que Chila no vivió cómo su hermano Miguel echaba de la cama a patadas a mi madre para acostarse con rameras. ¿Le hubiera gustado a Chiliña que el calzonazos mansurrón y lanar de su marido, el pasmarote de Suso López Barba, hubiera hecho lo mismo con ella? ¡Y aun así tuvo el cuajo de afirmar la muy víbora sentirse dolida por lo aquí expuesto! ¡Ay, Chiliña, qué sucio tuviste siempre ese lodazal de puerca de estercolero que tenías por boca! ¡Tanto tenías que haber callado, venenosa serpiente de charca pestilente, que más le hubiera valido a tu malnacida madre Elena Abad Fraguela haberte parido sin lengua! Si hasta tuvo la indecencia esta Chiliña, esta inmunda hija de Satanás, de afear a cierta gente su ausencia en el funeral de mi progenitor. ¿Acaso se creerían que no lo iba a saber? Lo defendió hasta el final. Mi progenitor y su hermana Chila eran tal para cual. Qué asco. Juntos se pudrirán en la ciénaga de deyecciones y porquería de que nutrieron sus repulsivas y sucias vidas. Y qué pena que sus hijas nunca le reprocharan la defensa de un abominable maltratador que casi acaba con nuestras vidas. Eso revela su ausencia de humanidad y su total falta de moral. Que lo sepan todos por si tienen la desgracia de cruzarse con algunos de estos venenosos especímenes.
Recuerdo que, cuando tenía yo seis, siete, ocho, nueve años y vivíamos en Toledo, mi progenitor muchas veces, los fines de semana, me llevaba con él a los más sórdidos antros y tétricos bares y tugurios de carretera donde él se emborrachaba y en cuyos aseos solían verse repulsivos personajes drogándose u otros a los que les practicaban felaciones en esos mugrientos baños. Luego, al llegar a casa, con mi progenitor lo suficientemente ebrio, solía venir la brutal paliza, sobre todo, hacia mi indefensa madre. Y cuando mi madre decide separarse, Pilar Domínguez Abad tiene la inhumana desfachatez de defender el derecho de su hermano a ver y estar con sus hijos. Ella, que fue ilustre profesora de matemáticas de la Universidad de Sevilla, ¿creía, de verdad, que ese comportamiento era el más edificante, instructivo y pedagógico: los malos tratos, las palizas, las borracheras, el llevarme de bares con drogadictos y alcohólicos…? Me hubiera encantado que algún día la atroz Pilar Domínguez Abad hubiera tenido los arrestos y la valentía de dar contestación. Y que hubiera justificado su respuesta. Aunque solo fuera por ver a qué límites de inhumanidad llegaba la perversidad de su aterradora y espantosa mente malvada.
Mi abuela materna (Marina Romero García), mujer de esbelta figura, distinguida y refinada, una auténtica dama, fue un ser maravilloso; en realidad, mi madre y mis abuelos maternos eran todo luz, la bondad personificada, la generosidad extraordinaria a raudales, el amor inconmensurable en dosis infinitas (en definitiva, lo diametralmente opuesto a lo que representaba ese orco de Mordor que era mi abuela paterna Elena Abad Fraguela). Pues bien, mi abuela materna Marina siempre tuvo también grandes inquietudes intelectuales y ello la llevó incluso a ser escritora aficionada. Yo conservo aún muchos de sus diarios. En ciertos pasajes se reflejan difíciles y dramáticos momentos. Incluso hay textos en los que sin relatar explícitamente nada, yo soy capaz de catalizar, de recuperar la realidad de lo ocurrido. Como cuando mi abuela materna cuenta llamadas que hacían a Coruña cuando nosotros vivíamos allí y, por ejemplo, relata que mi madre no se pone al teléfono y que mi progenitor le cuenta que mi madre se ha roto un dedo, pero que se lo ha vendado él, que han decidido no ir al médico y que ese día comeríamos fuera. Termina mi abuela materna, con su perspicaz inteligencia, escribiendo “algo pasa; no están bien”. Evidentemente, mi madre no se rompió un dedo, sino que la fractura fue ocasionada por mi progenitor, un ser lo suficientemente inteligente como para evitar que acudiéramos a un centro de salud donde, aunque en aquellos tiempos no había tanta sensibilidad y conciencia de la violencia de género, podían dar la señal de alarma y haberle ocasionado a mi progenitor serios problemas si hubiera mediado una denuncia por parte de un facultativo que hubiera descubierto los malos tratos de que éramos objeto mi madre y yo por parte de mi progenitor. También tengo testimonios –incluso por escrito- de ciertas personas (hasta de algún miembro de la familia Domínguez-Abad, de los pocos decentes) donde se afirma haber visto en muchas ocasiones a mi madre con un ojo morado, con hematomas y hasta haber recibido alguna llamada de socorro de mi madre (por ejemplo, de algunos de nuestros veraneos en Miño, La Coruña). Tengo tan ingente cantidad de material que espero no se vuelva a intentar acallarme porque puedo llevarme por delante judicialmente a quien haga falta, incluso aunque se trate de una octogenaria decrépita como lo será hoy Chila, a la que, posiblemente, solo le quede esperar que le llegue su hora, y a ser posible entre terribles sufrimientos y retorciéndose de dolor hasta tal punto que lamente el día en que nació, un final que también hubiera merecido mi infame progenitor. En fin, espero que no desee pasar lo que le reste de vida como el dictador Augusto Pinochet, de juzgado en juzgado, teniendo que dar muchas explicaciones.
Desgraciadamente, mi abuela materna, en sus últimos años, se vio aquejada de una terrible enfermedad neurodegenerativa a la que, a buen seguro, contribuyeron las deleznables actuaciones de su yerno, mi progenitor, como aquellas llamadas intempestivas a las tantas de la madrugada para proferir insultos, amenazas e improperios y que inevitablemente te hacían estar constantemente en tensión y padecer de los nervios dejando secuelas irremediables. Incluso en la primera separación de mi madre, me acuerdo de mi abuela materna llevándome a los columpios del parque del Salón de Palencia y estar ella siempre pendiente, con mil ojos, ante la posibilidad de que apareciera el individuo para secuestrarme. De hecho, en la segunda y definitiva separación, hubo que recurrir a la dirección de mi colegio, que implementó el correspondiente dispositivo para evitar que el maltratador de mi padre pudiera personarse y secuestrarme, como ya intentó en alguna ocasión. Hasta amigos míos y compañeros de clase, cuando íbamos al cine o a algún lado el fin de semana, estaban pendientes por si aparecía alguien sospechoso que pudiera hacerme desaparecer y llevarme lejos de mi madre, lo que siempre ansió el malnacido criminal de mi progenitor. Si hasta tuvimos que cambiar el teléfono fijo de casa y solicitar a Telefónica que no apareciera nuestro número en aquellos antiguos listines telefónicos.
Mis abuelos maternos y mi madre eran bellísimas personas cargadas de rebosante bondad. Incluso consideraban que no se debía desear el mal a nadie, ni siquiera al peor enemigo. Por suerte o por desgracia, yo no soy así. Aunque espero y deseo fervientemente que la mayor parte de mi dotación genética sea de mi familia materna, habrá algún diabólico gen paterno. De hecho, la miopía la heredaría de mi progenitor, aunque yo, a diferencia de él, use lentillas y, por tanto, para muchos sea algo imperceptible. Sin embargo, si existe algún mal gen paterno que me lleve a albergar algún tipo de odio, debo decir que este única y exclusivamente se concentra en desear el mismo dolor que causaron a aquellos culpables de generar tan inmenso daño a mi madre y a mis abuelos maternos. Por ello, a falta de la prisión que en justicia habrían merecido, ojalá tanto mi progenitor como sus hermanos cómplices hubieran acabado en un cuarto acolchado de algún centro de internamiento dándose de cabezazos contra las paredes intentando purgar la culpa del horrible suplicio y sufrimiento que provocaron de forma cruel y despiadada. No hay que olvidar que incluso los textos principales de la cristiandad hablan no solo de resignación y poner la otra mejilla, sino que aquel célebre profeta de Galilea decía también no haber venido a traer la paz, sino la espada, así como, siguiendo el mito, se habla también del lugar de los hipócritas, del horno de fuego donde habrá llanto y crujir de dientes. Yo soy escéptico y, por tanto, no creo mucho en eso de la justicia divina, pero, caso de existir, algunos (empezando por mi progenitor y siguiendo por sus hermanos) habrían de sufrir el más doloroso de los tormentos por toda la eternidad.
Me contaron que precisamente por 2023, con motivo del octogésimo cumpleaños de Chila, sus hijas debían de estar planeando un crucero con ella. ¡Qué bonito por parte de esa pandilla de rameras! En vez de repudiar a su progenitora o cuando menos pedirle explicaciones por su comportamiento como una vil criminal justificadora y protectora del maltratador de mi progenitor, la colmaron de gratas experiencias y múltiples satisfacciones disfrutando de un retiro dorado como el doctor Josef Mengele, aquel médico nazi con quien compartía la misma amoralidad inhumana y desalmada. Cabe preguntarse si en aquel magnífico crucero, a cada ola que surcaran, brindaban por cada uno de los golpes que nos asestó su hermano y tío Miguel Ángel Domínguez Abad a mi madre y a mí. ¡Cobardes hijas de perra!
Cuando vivíamos en Toledo, mi abuelo materno nos enviaba dinero para que no nos faltara de nada, pero, claro, mi progenitor lo interceptaba y se apropiaba de él para gastárselo en borracheras, putas y otras cosas nada edificantes. Mis abuelos maternos apenas podían llamarnos a casa porque, si estaba mi progenitor, la situación podía acabar siendo dramática. Tampoco nosotros podíamos llamarlos. Mi progenitor aisló totalmente a mi madre, sin apenas dejarle tener contacto con nadie. Aunque los vecinos sabían de la situación, oían los gritos, golpes, insultos, palizas… Por eso luego mi progenitor montaba en cólera cuando le miraban mal si se cruzaba con ellos culpándonos de ello a mi madre y a mí. Como si no fuera consciente de las atrocidades que cometía. Sin ningún remordimiento. Como un psicópata. En alguna ocasión sí que me obligaba a llamar a mis abuelos maternos. Para insultarlos de la forma más hiriente posible, claro. Y con la amenaza de que, si no lo hacía, pegaba a mi madre. ¿Eso es un padre? Pues con ese monstruo diabólico es con el que quería que yo estuviera su queridísima hermana Pilar Domínguez Abad. Que lo sepa todo Sevilla, toda España, y especialmente sus hijas y sus nietos, para que conozcan la despreciable escoria con la que han convivido. Se me saltan las lágrimas al rememorar situaciones tan tristemente terribles, pero me da igual; lo que no soporto es el dolor por cada una de las lágrimas que derramó mi madre por culpa del monstruo de Miguel Ángel Domínguez Abad y de cómplices hijas de perra que no fueron sino repugnantes insectos de sumidero putrefacto como Pilar Domínguez Abad.
Por desgracia, tengo muy vivos y muy nítidos muchos recuerdos de las atrocidades perpetradas por mi progenitor. Y algunas que no recuerdo me fueron detalladamente relatadas. No ya por mi madre o mis abuelos maternos, sino por los muchos testigos que asistieron a tan espeluznantes hechos. Sin ir más lejos, mi primer verano en este mundo, tras estar en Gijón y Santander, mis abuelos maternos nos cogieron una casa en Saldaña para pasar unos días del período estival. Y una noche tuvimos que estar escoltados y protegidos por la policía ante el dantesco número que montó mi ebrio progenitor, totalmente desquiciado, y todo porque no había un Bingo en la localidad. Parece que también heredó esa adicción por el juego de su asquerosa y repugnante madre. Pero así fueron todos los veranos, ya fuera en Alcocéber, en Torremolinos, en Miño… O durante el resto del año, bien en La Coruña, bien en Toledo, con constantes gritos, golpes, insultos, vejaciones, palizas… En definitiva, con todo eso que tanto debía de satisfacer a las maquiavélicas y retorcidas mentes de sus hermanos. ¡Maldito clan de los Domínguez Abad! Con razón a mi madre ya la había advertido una prima lejana suya, Mari Carmen Serrano Calderón, cuyo ilustre tío, el prestigioso médico afincado en Coruña, Carlos Calderón, sabía bien la hedionda inmundicia que desprendía aquel fatídico clan, aquella atrabiliaria y funesta familia Domínguez Abad, cuyo hedor llegaba a los mentideros de la ciudad coruñesa y, desde luego, con razón.
A Pilar Domínguez Abad (Chila) hube de llamarla, a raíz de la herencia de mi progenitor, ya que de forma repentina su hija Begoña y la abogada de esta dejaron de dar señales de vida un tiempo de forma tan ilógica como sospechosa (después de contactar ellas conmigo y solo tras saber que un servidor había pedido copia del testamento de mi progenitor). En cualquier caso, la hermana de mi padre, Chila, vino a decirme que, aunque fuera por el fallecimiento de mi progenitor (para ella, evidentemente, un hecho luctuoso, dado el alto amor que profesaba al criminal de su hermano Miguel), le gustaría retomar el contacto. Así, como si nada. Como si nada hubiera ocurrido. Como si nunca nada hubiera sucedido. El elevado grado de cinismo fue de tal envergadura que, francamente, produce auténticos escalofríos. Pavoroso. Propio de una personalidad psicopática. Y estaría bien que se supiera en Sevilla porque ya se sabe que, muchas veces, esa persona de apariencia tan amable que saluda educadamente todos los días luego es la que aparece en los titulares de prensa por ciertas atrocidades perpetradas.
Además, Chila era una persona terriblemente manipuladora, al igual que mi progenitor, con una hábil capacidad de retorcer la realidad creyéndose sus propias mentiras y sus propias versiones totalmente distorsionadas de forma que encajaran con su cínico relato falaz, lo que es muy propio de perfiles psicopáticos que son, realmente, muy peligrosos. Y esto es bueno –e incluso necesario- que se sepa, y hasta que sus nietos sean conocedores de la actitud criminal y el comportamiento legitimador que esta arpía mantuvo siempre respecto del sádico maltratador de su hermano Miguel Ángel Domínguez Abad.
Dicho esto, evidentemente, no había generosidad alguna en darme nada por su parte. Es más, por todo lo sufrido y padecido bien habría merecido yo la herencia íntegra aunque solo fuera por daños y perjuicios -de los malos tratos sufridos-, pero como el testador tiene capacidad de disponer libremente su herencia, nada puedo objetar ahí, pero en cuanto a la legítima era algo imposible de quitarme y, por ende, en ningún caso partió de ningún gesto ni alarde de generosidad por parte de la familia Domínguez Abad.
Mi abogada me hizo saber que precisamente Begoña López Domínguez (la hija de Chila) le había hecho llegar su deseo de retomar contacto conmigo. No se atrevió a decírmelo a mí directamente el día que coincidimos en la notaría de Madrid, lo cual es una pena, ya que así podría haberle preguntado por los motivos de ese afán en retomar contacto conmigo. ¿Para qué exactamente? ¿Para darle las gracias a su malvada y perversa madre por la infame defensa que hizo del maltratador de mi progenitor? ¿O para felicitarla a ella y darle la más efusiva enhorabuena por ser la agraciada y heredera universal de mi progenitor y, además, aceptar gustosa el pago por los servicios prestados en esa despreciable defensa de los malos tratos que nos propinó mi progenitor a mi madre y a mí? ¡Hay que tener la cara de cemento armado y el alma putrefacta o sencillamente carecer de ella y ser una auténtica hija del demonio! Así de claro.
Yo mismo tuve que interponer denuncias contra mi progenitor para evitar a toda costa estar con él. Con diez u once años, al menos en aquel tiempo, no valía apenas un testimonio o la decisión de un menor de esa edad como era yo y, además, en caso de forzar un careo con presencia de mi progenitor, eso hubiera supuesto poner en riesgo mi integridad, por la que siempre velaron por encima de todo mis abuelos maternos y mi madre (no así el infame y satánico clan paterno). Es decir, las represalias por parte de mi padre podían ser verdaderamente letales. Así que a través de denuncias afirmé que jamás me iría con mi progenitor, por lo que, en tal caso, ya podrían llevarme esposado y a lo mejor a las 48 horas tener que buscar a un desaparecido si lograba yo escapar con vida de sus garras. En algunas de aquellas denuncias contamos con la siempre solícita atención y apoyo moral del inspector jefe de la policía nacional de Palencia Miguel Ángel Bercianos. Asimismo se recabaron las gestiones de un psiquiatra (Dr. Pedro Megía) para que elaborara los informes necesarios pues ya entonces aseveré que era capaz de tirarme desde un balcón antes de que pudieran obligarme a irme con mi progenitor. En aquellos momentos tan dramáticos y difíciles, ¿dónde coño estaba la familia Domínguez-Abad? ¿Qué ayuda nos dieron? ¿Qué apoyo nos brindaron? Que me digan uno, un solo gesto solidario ante aquel calvario. No pueden ni podrán darlo nunca. Porque sencillamente no existió. Jamás lo hubo. ¿Dónde estaba, por ejemplo, Chiliña? Quizá viendo una procesión de Jesús del Gran Poder con el pánfilo de su marido Suso, como aquella Semana Santa en que estuvimos en Sevilla y ni siquiera ella le dejaba ir al servicio a pesar de que el pasmarote –aquella especie de don Tancredo- de su esposo estuviera meándose vivo, en lo que es fiel reflejo de la dominación que ejercía la pérfida Chila con el matriarcado que estableció en la capital hispalense. O más probablemente estuviera Chiliña escondida como una comadreja pergeñando y pensando la próxima defensa del maltratador de su hermano pequeño. Y luego me viene (por detrás, vía abogada) su hija Begoña López Domínguez con aquello de querer restablecer contacto. Claro, en eso estaba precisamente pensando yo. En traicionar la memoria de mi madre y retomar contacto con quienes fueron nuestros más viles y abyectos verdugos y quienes nos destrozaron la vida. ¿En qué cabeza cabe? Lo del atrabiliario y psicopático clan Domínguez Abad es sencillamente espeluznante. En fin, esperemos que la heredera universal no gaste la herencia en alcohol, drogas, putas y otros menesteres afines como hacía su querido tío, ya que, siendo la sobrina favorita, quizá compartan aficiones y otras aberraciones. De esa familia cabe esperarse cualquier cosa. Y, desde luego, ninguna buena. O sea, en primer lugar, acepta la herencia del maltratador de mi progenitor –que, por supuesto, es algo totalmente legal y legítimo, otra cosa es que sea una amoralidad inmensa como una catedral de grande-, después intenta acallar el testimonio autobiográfico de lo que mi madre y yo vivimos y padecimos –y esto ya es directamente mezquino, ruin y miserable- y, finalmente, sale con querer tener contacto. ¿Para qué exactamente: para cruzarle la cara o para sellarle la boca con silicona a la víbora de su madre? ¡Por favor! No tiene ni pies ni cabeza. ¿Acaso no causaron ya suficiente dolor? ¡Basta ya!
Cuando mi progenitor tuvo aquel accidente que lo dejó en coma varias semanas dejando el Renault 21 hecho un amasijo de hierros, la policía se personó en nuestra casa (de Toledo) sobre las cuatro de la madrugada comunicándole a mi madre lo sucedido y solicitándole que los acompañara hasta el lugar del siniestro. Había ocurrido la víspera de Nochebuena, así que eran vacaciones escolares. Mi madre decidió no despertarme mientras acompañó a los cuerpos y fuerzas de seguridad al lugar del suceso y menos mal que el azar quiso que no me levantara de la cama pues, de no haber visto a nadie en casa (salvo a mi hermano Alberto, hemipléjico y con parálisis cerebral), probablemente, lo primero que se me hubiera venido a la cabeza es que mi progenitor, tras la borrachera, había acabado con la vida de mi madre y estaría deshaciéndose del cadáver en algún lado. Sea como fuere, acabé levantándome a media mañana, cuando me despertó mi madre, y entonces me comunicó lo que había ocurrido, que mi padre, el individuo, había tenido un accidente que lo había dejado en coma. Pues bien, no sentí ninguna pena ni ninguna tristeza, sino más bien alivio y liberación. Es más, en cuanto mi madre continuó diciéndome que los yayos, mis abuelos maternos, estaban de camino a Toledo para acompañarnos a pasar aquellas navidades, di brincos de alegría y la felicidad fue máxima. Ya podía pudrirse en el infierno aquel ser demoníaco que nos tenía atemorizados en un angustioso sinvivir.
En fin, así es la vida. Yo deseé con todas mis fuerzas que mi padre muriera para que no volviera a asestar un solo golpe más a mi madre, para que nos dejara en paz de una vez y dejar así de vivir atemorizados en aquel campo de concentración doméstico que él creó de forma magistral. Mi madre y mis abuelos maternos, en su infinita bondad, decían que no se debía desear el mal a nadie. Pero yo deseé con todas mis fuerzas que aquel diabólico ser desapareciera de la faz de la Tierra o, al menos, de nuestras vidas. Ojalá no hubiera despertado de aquel coma. Sin embargo, sí lo hizo y eso nos supuso otros cuatro años más de malos tratos, palizas, golpes, insultos, vejaciones y el trato más inhumanamente despiadado que uno se pueda imaginar. Por eso, para mí, es muy complicado creer en un dios con capacidad de intervenir en el mundo o en la existencia de una especie de plan divino concebido de tal manera que, como dicen algunos, todo pasara por algo. Pues no. Como dice Woody Allen, no sé si existe Dios, pero si existe, espero que tenga una buena excusa. El propio Joseph Ratzinger, sensacional teólogo de gran erudición, ya convertido en Papa, cuando visitó Auschwitz, mirando al cielo, exclamó: “¿Por qué, Señor, permaneciste callado?, ¿cómo pudiste tolerar todo esto?”. Evidentemente, un servidor, desde un punto de vista social, histórico y cultural, es cristiano; cristiano en tanto que europeo; y católico en tanto que español. Y a mucha honra. Somos resultado de la cultura de la que crecimos impregnados y en modo alguno reniego de ella, aunque después mis cauces mentales discurran por los del método científico y no los del pensamiento mítico (véase ley de los tres estados de Auguste Comte). Recuerdo que, cuando acudía con mi madre al hospital para visitar al malnacido maltratador de mi progenitor (quien, si estaba en coma, era precisamente por haber conducido ebrio y drogado en una noche de desenfreno), su hermana Chila (Pilar Domínguez Abad) gustaba de criticar cómo íbamos mi madre y yo, si íbamos o no de punta en blanco o con traje de gala. Cuando, en realidad, lo que mi progenitor hubiera merecido es que no pisáramos un solo día aquel hospital. Por cierto, la propia Chila fue la que dijo que, si no se le pagaba un hotel, ella se marchaba a Sevilla donde tenía su trabajo. Es curioso que se recreara en la crítica hacia mi madre y hacia mí por cómo íbamos o por las veces que íbamos (¡no deberíamos haber ido ninguna, hija del demonio!) y, sin embargo, jamás criticara el comportamiento criminal de su hermano Miguel Ángel Domínguez Abad; muy al contrario, lo defendía y justificaba como una auténtica nazi infame. Por desgracia, mi progenitor salió de aquel estado comatoso y, lejos de rehabilitarse y convertirse en un hombre bueno y decente, siguió siendo un sádico maltratador que nos propinó las peores palizas y nos dio la peor de las vidas durante los cuatro años siguientes hasta que mi madre, por fin, decide separarse definitivamente.
Nuestra huida definitiva se produjo un 9 de junio, que para mi madre y para mí se convertiría en una fecha emblemática, la de nuestra liberación, como si fuera la fecha del desembarco de Normandía o el levantamiento del 2 de mayo del pueblo de Madrid frente al invasor francés napoleónico. En nuestra historia personal, la de nuestras vidas, fue la fecha de nuestra liberación, una huida propia de un guion cinematográfico. Mi madre intentó esperar todo lo posible a que yo acabara aquel curso académico, pero nuestras vidas corrían serio peligro y ya no podía alargarse más. Incluso recuerdo contarle días antes en secreto a mi maravillosa maestra de entonces que ese día 9 de junio nos íbamos a marchar. Ella estaba al tanto, fue una maestra espléndida, una dama exquisita, con la que en más de una ocasión se desahogó mi madre. Guardo muy grato recuerdo de aquella profesora de tercero y cuarto de Primaria, Sagrario Ballesteros Peces, quien también siempre nos animó a abandonar a aquel terrible maltratador si queríamos ser libres y felices. Incluso un sacerdote de la parroquia del polígono de Toledo donde hice la Primera Comunión, llamado Carlos –y que acabaría yéndose a Roma-, cuando supo de los malos tratos de mi progenitor, quiso negarse a darle la comunión a mi padre si este se atrevía a ir a comulgar, pero mi madre le suplicó a aquel joven cura que no se negara porque, si no, mi padre podía matarnos.
Aquella mañana del 9 de junio –cuya noche había sido también de malos tratos con mi madre refugiada en el baño y mi progenitor diciéndole “huevona de mierda, hija de puta”- mi madre, en cuanto mi progenitor se marchó, reunió y metió todo lo que pudo en apenas dos o tres maletas –incluidos los informes médicos de mi hermano Alberto, hemipléjico y con parálisis cerebral- e intentaba que yo desayunara y me distrajera aunque fuera viendo los dibujos animados, pero nuestro estado de tensión y ansiedad era máximo. Si mi padre decidía volver del trabajo –como tantas veces hacía fingiendo haberse olvidado las gafas u otra cosa- y nos pillaba con todo preparado a punto de partir, nos habría matado. Definitivamente, nos habría asesinado. A mi madre, seguro. Nos amenazó constantemente con ello. Afortunadamente, aquel día no le dio por volver y esperamos mi madre y yo –con ansia superlativa- la llegada del primo de mi madre Santiago Martín Romero acompañado de su cuñado, nuestros salvadores, nuestros ángeles de la guarda. Junto a ellos, nuestra protección estaba garantizada. Mi progenitor pegaba y daba palizas a seres indefensos como mi madre o como yo cuando era niño, pero no se atrevía a enfrentarse a ningún hombre porque, luego, en realidad, era un cobarde, una rata de cloaca como su hermana Chila, siempre por detrás, como con la abogada de su hija para intentar que se borre lo que aquí aparece escrito porque nunca tuvo los arrestos de negármelo a mí a la cara y por eso actuó toda su vida como un saurópsido reptil.
Cuando aquel inolvidable 9 de junio llegaron el primo de mi madre y su cuñado, montamos en su coche y fuimos hasta la comisaría de Policía de la ciudad de Toledo; el primo Santi acompañó a mi madre a interponer la denuncia (para no ser además ella denunciada por abandono de hogar) mientras yo me quedé con el cuñado de Santi esperando en el coche y luego pusimos rumbo a Madrid. Allí comimos en casa de Santi y su esposa Mari Nieves, quien nos preparó unos deliciosos espaguetis a la carbonara, aunque mi madre apenas probó bocado. A aquellas horas mi progenitor ya habría vuelto del trabajo y yo solo pensaba en el riesgo que corríamos si conseguía localizarnos. Después de comer, fuimos a Palencia con un taxista amigo de Santi, un joven encantador que me llevó de copiloto mientras mi madre y mi hermano iban en los asientos de atrás. Aquel joven tan atento, servicial y agradable era oriundo de Sanabria. Mi madre había visitado la localidad y sus parajes, pero yo no. Fue una excursión que –como tantas otras cosas- nos quedó pendiente y que la temprana muerte de mi madre por cáncer truncó para siempre. En 2024, ya teniendo yo coche y carné (gracias al sensacional formador vial y buen amigo Álex Ballesteros), cogí mi Audi A4 y, por fin, conocí el lago de Sanabria y aquel cautivador entorno de sublime belleza del que tanto me había hablado mi madre.
Cuando llegamos a Palencia y nos libramos de las garras del maltratador de mi progenitor, aún tendríamos que hacer frente a su acoso y derribo (y, en gran medida también, a la defensa que de él hacían casi todos sus hermanos). Hasta tal punto era así que, las navidades de ese mismo año, hubimos de huir de nuevo. A pesar de que nosotros éramos las víctimas. Pero el testimonio de un niño de diez años, en aquel tiempo, apenas tenía valor y el mero hecho de enfrentarme en un tribunal a mi progenitor podía suponer mi condena a muerte. Así que nuestro abogado nos recomendó que, si teníamos algún pueblo o sitio al que ir, nos fuéramos y así evitar el acoso y derribo del criminal de mi padre. Así fue. Dejamos a mis abuelos maternos plantados, y mi madre, mi hermano Alberto y yo nos refugiamos en el pueblo de mi abuela materna, Corrales del Vino (Zamora). Con aquel Renault 9 sin dirección asistida de mi abuelo materno que mi madre condujo con gran destreza nos fuimos a Corrales y nos refugiamos en la casa del tío Ángel Romero García (hermano de mi abuela materna Marina) y de su esposa, la tía Chon (Concepción de los Ríos), que llegó a centenaria en 2024 en plenas facultades mentales. Como mi progenitor conocía las localidades de las que eran oriundos mis abuelos maternos (Corrales del Vino, Zamora; y Sahagún de Campos, León) escondimos, por si acaso, el coche de mi abuelo materno en el garaje del tío Ladis Martín (cuñado de mi abuela). Y allí hubimos de pasar las navidades, como forajidos, siendo nosotros las víctimas de la más brutal violencia doméstica por parte de mi desalmado progenitor. De regreso paramos en Zamora, en casa de la prima de mi madre, Mari Carmen Romero de los Ríos, con su marido Herminio Roales, y sus hijos Fernando y David, quienes me encendieron la consola, la Play Station, para que jugara (al Fifa).
Otros fines de semana tuvimos que hacer lo mismo, ya fuera yendo a una casa rural –como cuando estuvimos en Otero de Guardo, en la montaña palentina-, bien yendo a Sahagún, la villa que vio nacer a mi abuelo materno Agustín del Corral Llamas y donde vivían sus primos carnales Fernando y Jesús Sánchez del Corral y el padre de estos, el farmacéutico Fernando Sánchez Gómez, que llegó a centenario (marido de Lola del Corral Herrero, hermana de mi bisabuelo Pepe), o bien yendo con los primos de Reinosa, los Del Corral-Ruiz, especialmente con José Carlos y su entonces pareja María José. En esta segunda y definitiva separación, al igual que en la primera, también nos ayudó mucho el tío de mi madre Julio García-Puente Llamas e incluso su hija Paloma nos dio ropa y otros enseres ya que nos vinimos con lo puesto y prácticamente quedó todo en Toledo y quién sabe qué haría mi progenitor con todo ello (ropa, muebles, recuerdos…). Es decir, los miembros de mi familia materna siempre nos ofrecieron su ayuda, su aliento, protección y cariño frente al atrabiliario y nauseabundo clan paterno que no hizo absolutamente nada. En el mejor de los casos, guardar un silencio cómplice ya que, como muy bien dijo el erudito vasco salmanticense don Miguel de Unamuno y Jugo, callar, a veces, significa asentir, porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Y, en el peor de los casos, no solo reinó ese cómplice silencio atronador, sino que se perpetró la más infame defensa y justificación de los malos tratos propinados por mi abyecto y vil progenitor.
Y respecto de los intentos de acallarme –a través de la muy locuaz abogada de la sobrina de mi progenitor, Begoña López Domínguez, locuaz por verborraica, que no por facundia jurídica o retórica intelectual, sino más bien por irrefrenable propensión a la charlatanería cual parlanchina andaluza-, solo revelan una vez más la ruindad moral de la familia Domínguez Abad. Y tener, además, el cuajo de quejarse por haber tenido que pagar muchos impuestos por la herencia de mi progenitor. ¡Pues que hubiera renunciado a ella (como me dijo un familiar suyo)! Jamás hubo ni se produjo un intento o conato de disculpa por su parte, de practicar la empatía y ponerse en el lugar de las víctimas, lo único que pareció siempre interesarles es acallar la verdad. Jamás me preguntaron: ¿Qué tal estás, cómo te encuentras? Solo les interesaba borrar la verdad de lo sucedido. Son como los nazis a los que les gustaría que no hubieran sobrevivido algunas víctimas del holocausto para que no contaran lo ocurrido en las páginas más negras de nuestra historia europea o que jamás hubiera existido un diario de Ana Frank. De ahí sus patéticos y penosos intentos de silenciarme, porque no soportan verse reflejados en lo que saben que es verdad, una dolorosa verdad que no son capaces de digerir. Tienen la poca vergüenza de dormir con la conciencia tranquila, pero no soportan que se sepa la verdad. Pero nada ni nadie me va a callar. Intentar acallarme solo va a hacer que cuente más. Incluso aun sabiendo que pongo en riesgo mi integridad. Porque se lo debo a mis abuelos maternos y muy especialmente a mi madre. Y por ella, por su dignidad y por su honor defenderé siempre la verdad y todo lo que ocurrió. Donde haga falta y ante quien haga falta. Hasta el final. Y si es necesario con mi propia vida. Como dijo el célebre poeta Blas de Otero (Pido la paz y la palabra): Si abrí los labios hasta desgarrármelos, me queda la palabra.
He perdido muchas cosas en la vida y cuando pierdes prácticamente todo, solo te queda la palabra. Y no voy a renunciar a ella. Ante cualquier intento de coacción o de coartar la libertad de expresión, emplearé todos los medios a mi alcance para que esto todavía tenga mayor repercusión y difusión sacando todas las pruebas que dejen bien retratados a todos, así que, por su bien, espero que no se les ocurra NUNCA JAMÁS volver a intentar censurar la verdad que aquí cuento porque no constituye más que el relato autobiográfico de lo que mi madre y yo vivimos, sufrimos y padecimos. Y la verdad debe prevalecer por encima de todo. Aunque haya gente que no la soporte. Moriré si es necesario por defender la verdad de lo ocurrido y de lo que ha sido parte de mi vida. Que quede meridianamente claro.
MIGUEL Á. DEL CORRAL























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Gramática de la Lengua Española (1994), Emilio Alarcos.
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